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domingo, 19 de mayo de 2013

Descartes: de las ideas innatas a la existencia de Dios

DESCARTES: DE LAS IDEAS INNATAS A LA EXISTENCIA DE DIOS
por
Peredur

Escapando del solipsismo.

Tras alcanzar la certeza fundamental, a saber, “yo pienso; yo existo”, Descartes corre el riesgo de quedar estancado en el solipsismo, pues podría suceder que el “yo” no pudiera dar cuenta de la existencia de todo aquello que se supone ajeno y externo a él mismo. Ciertamente, nuestro entendimiento opera con ideas cuya existencia subjetiva no puede ser puesta en duda, mas ¿hemos de decir lo mismo de aquello que representan tales ideas? Es decir, ¿representan nuestras ideas realidades objetivas e independientes de nuestra conciencia?
«[...] en lo que concierne a las ideas, si se consideran solamente en sí mismas, sin referencia a otra cosa, no pueden, hablando con propiedad, ser falsas, pues ora imagine una cabra o una quimera, no es menos cierto que imagino una u otra. [...] el error principal y más ordinario que puede encontrarse [...] es juzgar que las ideas, que están en mí, son semejantes o conformes a cosas que están fuera de mí»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación tercera.
Para responder a este interrogante Descartes se propone examinar la naturaleza de las ideas distinguiéndolas en función de su procedencia.

Ideas innatas, adventicias y artificiales.

De acuerdo con su procedencia, Descartes reconoce tres clases de ideas: a) las ideas innatas, nacidas en el “yo” junto con la conciencia ─tales como la idea de Dios, la de conciencia (res cogitans) y la de cuerpo (res extensa)─; b) las ideas adventicias, que llegan al entendimiento a través de los sentidos; y c) las ideas artificiales, construidas quimérica y arbitrariamente por el sujeto por combinación de otras ideas.
«Pues bien: entre esas ideas unas me parecen nacidas conmigo, y otras extrañas y oriundas de fuera, y otras hechas e inventadas por mí mismo. Pues si tengo la facultad de concebir qué sea lo que, en general, se llama cosa o verdad o pensamiento, paréceme que no lo debo sino a mi propia naturaleza; pero si oigo ahora un ruido, si veo el sol, si siento el calor, he juzgado siempre que esos sentimientos procedían de algunas cosas existentes fuera de mí; y, por último, me parece que las sirenas, los hipogrifos y otras fantasías por el estilo son ficciones o invenciones del espíritu»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación tercera.
Todas éstas, aunque no difieren entre sí desde el punto de vista de su realidad subjetiva, ¿podrían hacerlo en cuanto a la realidad objetiva de aquello que representan? Ciertamente, la realidad objetiva de aquello que representan las ideas adventicias y artificiales puede ser puesta en duda perfectamente, pues Descartes, en ese momento de su exposición, aún no ha demostrado la existencia objetiva del mundo. Pero ¿y las ideas innatas? ¿Existe la posibilidad de que alguna de éstas exista independientemente de nuestro pensamiento?
«[...] si la realidad o perfección objetiva de alguna de mis ideas es tanta que claramente conozco que esa misma realidad o perfección no está en mí formal o eminentemente, y, por consiguiente, que no puedo ser yo mismo la causa de esa idea, se seguirá necesariamente que no estoy solo en el mundo, sino que hay alguna otra cosa que existe y es causa de esa idea»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación tercera.
La idea innata de Dios y los dos argumentos que demuestran su existencia objetiva.

Al examinar la idea innata de Dios ─idea que, desde el plano subjetivo, denota un ser infinito, omnipotente, omnisciente y sumamente bondadoso, el cual existe por sí mismo y del cual depende nuestra existencia y la del resto del mundo─, Descartes descubre que esta idea no sólo existe de manera subjetiva, sino también objetivamente.

A) Primer argumento sobre la existencia de Dios.

En efecto, la idea de Dios es una idea innata, pues, según Descartes, no puede proceder de los sentidos, ya que éstos jamás han percibido algo tan perfecto en el mundo exterior. Ahora bien, aunque pertenece a nuestro entendimiento por nacimiento, es evidente que alguien ha tenido que poner esta idea en nosotros al crearnos, pues si procediera de nuestra conciencia no se podría explicar por qué tal idea denota más realidad y perfección de la que hay en nosotros mismos. Efectivamente, la causa de una idea debe de tener por lo menos tanta realidad y perfección como ella misma. Es evidente que el “yo” de mi ser ─dirá Descartes─ no es ni infinito, ni omnipotente, ni omnisciente, etc. Por lo tanto, una idea como la de Dios sólo puede provenir de Él mismo, pues, en caso contrario, si la idea de un ser así procediese de mí, habría que concluir que “yo” soy infinito, omnipotente, omnisciente,... y eso no es cierto. Así, pues, sólo la existencia objetiva de Dios puede explicar la existencia de la idea de Dios que hay en nosotros.
«Bajo el nombre de Dios entiendo una sustancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, por la cual yo mismo y todas las demás cosas que existen (si existen algunas) han sido creadas y producidas. Ahora bien: tan grandes y eminentes son estas ventajas, que cuanto más atentamente las considero, menos me convenzo de que la idea que de ellas tengo puede tomar su origen en mí. Y, por consiguiente, es necesario concluir de lo anteriormente dicho que Dios existe; pues si bien hay en mí la idea de la sustancia, siendo yo una, no podría haber en mí la idea de una sustancia infinita, siendo yo un ser finito, de no haber sido puesta en mí por una sustancia que sea verdaderamente infinita»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación tercera.
«[...] para que una idea contenga tal realidad objetiva en vez de tal otra, debe sin duda haberla recibido de alguna causa, en la que habrá, por lo menos, tanta realidad formal como hay realidad objetiva en la idea»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación tercera.
B) Segundo argumento: argumento ontológico sobre la existencia de Dios.

Este segundo argumento, conocido como prueba ontológica, fue ya empleado por san Anselmo. Descartes, por lo tanto, se limita a plantearlo de nuevo tal y como sigue. Al igual que no puede concebirse un triángulo donde la suma de sus tres ángulos sea distinta de 180º, ni una montaña sin su valle, tampoco se puede pensar a Dios desprovisto de existencia, pues en Él esencia y existencia son inseparables. Por ello, siendo la idea de Dios la única en cuya esencia va unida su existencia, ¿cómo no podría existir Dios y, aun así, ser pensado?
«[...] encuentro manifiestamente que es tan imposible separar de la esencia de Dios su existencia, como de la esencia de un triángulo rectilíneo el que la magnitud de sus tres ángulos sea igual a dos rectos, o bien de la idea de una montaña la idea de un valle; de suerte que no hay menos repugnancia en concebir un Dios, esto es, un ser sumamente perfecto, a quien faltare la existencia, esto es, a quien faltare una perfección, que en concebir una montaña sin valle. Pero aun cuando efectivamente no pueda yo concebir a Dios sin la existencia, como tampoco una montaña sin valle, sin embargo, porque yo conciba una montaña con valle, no por eso se infiere en consecuencia que exista montaña alguna en el mundo; del mismo modo, pues, aunque yo conciba a Dios como existente, no se sigue por ello, al parecer, que Dios exista [...]. Mas ello no es así ni mucho menos; aquí es donde hay un sofisma oculto, bajo la apariencia de esa objeción, pues porque yo no pueda concebir una montaña sin valle, no se infiere que halla en el mundo montaña y valle, sino sólo que la montaña y el valle, existan o no, son inseparables una de otro; mientras que, puesto que no puedo concebir a Dios sino como existente, se infiere que la existencia es inseparable de Él y, por lo tanto, que existe verdaderamente»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación quinta.
Renati Des-Cartes, Meditationes de Prima Philosophia, 1641.

miércoles, 16 de enero de 2013

Descartes: de la duda metódica a la certeza fundamental

DESCARTES: DE LA DUDA METÓDICA A LA CERTEZA FUNDAMENTAL
por
Peredur

Tras haber desarrollado su método filosófico para alcanzar un conocimiento fuera de toda duda, a Descartes sólo le queda ponerlo en funcionamiento y, haciendo buen uso de él, examinar los cimientos del viejo edificio filosófico del saber. ¿Qué partes del antiguo edificio, al aplicar el nuevo método, aún se mantendrán en pie? ¿Qué podremos conocer de seguro? Tal es la tarea que Descartes se propone llevar a cabo en las Meditaciones metafísicas.
«[...] he juzgado que era preciso acometer seriamente, una vez en mi vida, la empresa de deshacerme de todas las opiniones a las que había dado crédito y empezar de nuevo, desde los fundamentos, si quería establecer algo firme y constante en las ciencias. [...] y puesto que la ruina de los cimientos arrastra necesariamente consigo la del edificio todo, bastará que dirija primero mis ataques contra los principios sobre los que descansaban todas mis opiniones antiguas»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación primera.
Las experiencias sensibles.

Si buena parte del saber tradicional se fundamentaba sobre la certeza de aquello que revelan los sentidos, Descartes, en cambio, no puede sino dudar de éstos, pues, habiendo constatado que a veces nos engañan, ¿cómo podríamos fiarnos de ellos?
«Todo lo que he tenido hasta hoy por más verdadero y seguro lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien: he experimentado varias veces que los sentidos son engañosos, y es prudente no fiarse nunca por completo de quienes nos han engañado una vez»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación primera.
«[...] hace tiempo supe, por ciertas personas a quienes habían cortado brazos o piernas que, a veces, parecíales sentir dolor en las partes que ya no tenían»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación sexta.
Además, estando dormidos creemos percibir objetos y situaciones que, al despertar, constatamos como ficticias. ¿Cómo entonces podríamos estar seguros de que los objetos que las experiencias sensibles nos revelan existen realmente? ¿Cómo podríamos, sin temor a equivocarnos, afirmar la existencia del mundo?
«¡Cuántas veces me ha sucedido soñar de noche que estaba en este mismo sitio, vestido, sentado en la cama! Bien me parece ahora que, al mirar este papel, no lo hago con ojos dormidos; que esta cabeza, que muevo, no está somnolienta; que si alargo la mano y la siento, es a propósito y a sabiendas; lo que en sueños sucede no parece tan claro y tan distinto como todo esto. Pero si pienso en ello con atención, me acuerdo de que, muchas veces, ilusiones semejantes me han burlado mientras dormía; y, al detenerme en este pensamiento, veo tan claramente que no hay indicios para distinguir el sueño de la vigilia que me quedo atónito, y es tal mi extrañeza que casi es bastante a persuadirme de que estoy durmiendo»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación primera.
El saber matemático.

Si por prudencia no podemos fiarnos de nuestros sentidos ni tomar por verdaderos aquellos conocimientos que se fundamentan sobre las experiencias sensibles, en cambio, a primera vista, nada nos impide confiar en el saber matemático, pues parece claro y distinto ─esto es, evidente─ que éste no depende de los sentidos. En efecto, dos y dos son y serán cuatro duerma yo o me encuentre despierto.
«[...] la aritmética, la geometría y demás ciencias de esta naturaleza, que no tratan sino de cosas muy simples y generales [...] contienen algo cierto e indudable, pues duerma yo o esté despierto, siempre dos y tres sumarán cinco y el cuadrado no tendrá más de cuatro lados; y no parece posible que unas verdades tan claras y tan aparentes puedan ser sospechosas de falsedad o de incertidumbre»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación primera.
El genio maligno.

Ahora bien, por qué no habría de existir, no ya un Dios bondadoso, sino un genio maligno, tan astuto y embaucador como poderoso, el cual, burlándose de nosotros, obligara a nuestro entendimiento a considerar como evidente aquello que no lo es. Si así fuera, incluso la evidencia de las matemáticas podría ser puesta en duda. De hecho, parece que todo podría ser puesto en duda.
«[...] tiempo ha que tengo en el espíritu cierta opinión de que hay un Dios que todo lo puede, por quien he sido hecho y creado como soy. Y ¿qué sé yo si no habrá querido que no haya tierra, ni cielo, ni cuerpo extenso, ni figura, ni magnitud, ni lugar, y que yo, sin embargo, tenga el sentimiento de todas estas cosas, y que todo ello no me parezca existir de distinta manera de la que yo lo veo? [...] ¿qué sé yo si Dios no ha querido que yo me engañe cuando adiciono dos y tres, o enumero los lados de un cuadrado? [...]  Mas acaso Dios no ha querido que yo sea de esa suerte burlado, pues dícese de Él que es suprema bondad. [...] Supondré, pues, no que Dios, que es la bondad suma y la fuente suprema de la verdad, me engaña, sino que cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, ha puesto su industria toda en engañarme»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación primera.
El significado de la duda metódica.

Es obvio que en estos planteamientos nos encontramos con la duda de los escépticos, los cuales dan más crédito a la duda, por mínima que sea, que a la realidad y verdad probables. Sin embargo, en Descartes la duda es más un punto de partida que de llegada; es decir, su objetivo es alcanzar la verdad indubitable para, de ese modo, no volver a dudar. En este sentido, la duda cartesiana trasciende y va más allá de la duda de los escépticos. De ahí que se la denomine “metódica”, pues, en efecto, presenta un objetivo metodológico claro y definido. En definitiva, Descartes deseaba poner fin al dogmatismo de su época y, a un tiempo, combatir el escepticismo gratuito.

La certeza fundamental: cogito ergo sum.

Llegados a este punto de la exposición, el empleo de la duda metódica parece conducir a Descartes hacia el escepticismo más absoluto. Mas, como vamos a ver a continuación, no todo puede ser puesto en duda. En efecto, continúa Descartes, cabe pensar en la existencia de un genio maligno que me engaña haciéndome tomar lo falso por verdadero. Sin embargo, aunque así me engañara, es evidente que tal genio no podría hacer que yo, el engañado, no fuera nada, al menos mientras yo piense que soy algo. He aquí, pues, la certeza fundamental, una intuición tan evidente, clara y distinta como cierta, a saber, “pienso, luego existo”.
«[...] ya estoy persuadido de que no hay en el mundo: ni cielos, ni tierra, ni espíritu, ni cuerpos; ¿estaré, pues, persuadido también de que yo no soy? Ni mucho menos; si he llegado a persuadirme de algo o solamente si he pensado alguna cosa, es sin duda porque yo era. Pero hay cierto burlador muy poderoso y astuto que dedica su industria toda a engañarme siempre. No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña y, por mucho que me engañe, nunca conseguirá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De suerte que, habiéndolo pensado bien y habiendo examinado cuidadosamente todo, hay que concluir por último y tener por constante que la proposición siguiente: “yo soy; yo existo”, es necesariamente verdadera mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación segunda.
«[...] es cierto que yo soy y que existo, aun cuando estuviere siempre dormido y aun cuando el que me dio el ser emplease toda su industria en engañarme [...]. Pues es tan evidente de suyo que soy yo quien duda, entiende y desea, que no hace falta añadir nada para explicarlo»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación segunda.
Pues, en verdad, no otra cosa es el “yo”, mi “yo” ─dirá Descartes─, sino res cogitans, esto es, una cosa que piensa, una sustancia pensante.
«[...] el pensamiento es lo único que no puede separarse de mí. Yo soy, existo, esto es cierto; pero ¿cuánto tiempo? Todo el tiempo que dure mi pensar; pues acaso podría suceder que, si cesase por completo de pensar, cesara al propio tiempo por completo de existir. Ahora no admito nada que no sea necesariamente verdadero; ya no soy, pues, hablando con precisión, sino una cosa que piensa, es decir, un espíritu, un entendimiento o una razón»; Descartes, Meditaciones metafísicas, meditación segunda.
La evidencia del cogito es tal que a partir de esta intuición Descartes se propone deducir la existencia de Dios y del mundo, para lo cual habrá de hacer uso del nuevo método fortalecido tras su reciente éxito.

René Descartes, Discurso del método. Meditaciones metafísicas, Espasa Calpe.

martes, 27 de noviembre de 2012

El método cartesiano

EL MÉTODO CARTESIANO
por
Peredur

1. Hacia un nuevo método con el que poder alcanzar la certeza filosófica.

Tras finalizar sus estudios, Descartes se sentía incapaz de descubrir en la tradición y en la filosofía escolástica un camino seguro a través del cual se pudiera alcanzar la certeza filosófica.

«Desde mi niñez fui criado en el estudio de las letras, y como me aseguraban que por medio de ellas se podía adquirir un conocimiento claro y seguro de todo cuanto es útil para la vida, sentía yo un vivísimo deseo de aprenderlas. Pero tan pronto como hube terminado el curso de los estudiosos, cuyo remate suele dar ingreso en el número de los hombres doctos, cambié por completo de opinión. Pues me embargaban tantas dudas y errores que me parecía que, procurando instruirme, no había conseguido más provecho que el de descubrir cada vez más mi ignorancia»; Discurso del método, primera parte.

Según nos dice él mismo, los filósofos se habían dedicado a discutir cuanto podía ser discutido, y, aun así, todo seguía siendo dudoso.

«Nada diré de la filosofía sino que [...] ha sido cultivada por los más excelentes ingenios que han vivido desde hace siglos y, sin embargo, nada hay en ella que no sea objeto de disputa»; Discurso del método, primera parte.

En este respecto, la lógica y la silogística tradicional no podían ser las herramientas más adecuadas para alcanzar a distinguir lo verdadero de lo falso, sino que, a lo sumo, tan sólo servían para explicar y mostrar a los otros lo ya sabido.

«[...] en lo tocante a la lógica, sus silogismos y la mayor parte de las demás instrucciones que da, más sirven para explicar a otros las cosas ya sabidas, o incluso [...] para hablar sin juicio de las ignoradas, que para aprenderlas»; Discurso del método, segunda parte.

Por eso, según Descartes, la filosofía necesitaba un nuevo método a través del cual se pudiera siempre alcanzar la certeza a través de la razón, desterrando definitivamente el escepticismo; un nuevo método que incorporara la claridad y el rigor de los razonamientos matemáticos, aunque aplicado no ya a los números y las figuras geométricas, sino a todos los saberes existentes; en definitiva, su propósito era crear una especie de matemática universal ─mathesis universalis─.

«[...] entre todos los que hasta ahora han investigado la verdad en las ciencias, sólo los matemáticos han podido encontrar algunas demostraciones, esto es, algunas razones ciertas y evidentes»; Discurso del método, segunda parte.

«Esas largas series de trabadas razones muy plausibles y fáciles que los geómetras acostumbran emplear para llegar a sus más difíciles demostraciones habíanme dado ocasión de imaginar que todas las cosas de las que el hombre puede adquirir conocimiento se siguen unas a otras en igual manera, y que, con sólo abstenerse de admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre el orden necesario para deducirlas unas de otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o por oculta que esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir»; Discurso del método, segunda parte.

La filosofía, escribe Descartes, es como un árbol, cuyas raíces son la metafísica, el tronco la física, y las ramas el resto de las ciencias, las cuales se reducen a tres principales: la medicina, la mecánica y la moral. De ahí la necesidad de aplicar en primer lugar el nuevo método a las raíces de este árbol, pues sólo así se podrían recoger después frutos maduros de sus ramas. Ahora bien, comenzar por las raíces presupone preguntarse por los límites de nuestro conocimiento, esto es, ¿qué podemos conocer con certeza? Y, ante todo, ¿de qué manera podemos conocer con certeza? Así, pues, tal como podemos observar aquí, la filosofía de Descartes es esencialmente gnoseología, esto es, doctrina del conocimiento.


2. El método cartesiano.

2.1. Las reglas del método.

En su obra de juventud Regulae ad directionem ingenii (Reglas para la dirección del espíritu), Descartes ofrece un conjunto de veintiuna reglas fáciles y ciertas a través de las cuales, usándolas correctamente, se habría de evitar, según él, tomar lo falso por verdadero, y se nos permitiría alcanzar gradualmente un conocimiento cierto y fuera de toda duda sobre aquello que nos propongamos conocer. Con objeto de reducir la complejidad que comportaba el empleo de veintiuna reglas, en el Discurso del método Descartes decidió reducirlas a cuatro. Veámoslas.

A) Primera regla. La evidencia como claridad y distinción: la intuición.

Únicamente debemos admitir como verdadero aquello que sepamos con evidencia que lo es. Para lo cual, sólo debemos incluir en nuestros juicios aquello que se nos presenta al entendimiento clara y distintamente.

Hablar de ideas claras y distintas no es para Descartes sino hablar de ideas evidentes, esto es, evidentemente verdaderas. En este proceso la intuición se revela como operación mental esencial, pues ella es la encargada de reconocer la claridad y la distinción de las ideas sometidas a juicio; es decir, es ella la que debe reconocer la evidencia que caracteriza lo verdadero. De ahí la necesidad de que las ideas sean claras y distintas, pues si fueran complejas y confusas la intuición no podría reconocer en ellas evidencia alguna de su verdad.

B) Segunda, tercera y cuarta reglas. La deducción.

Cuando las ideas sometidas a juicio son demasiado complejas y confusas como para que la intuición pueda reconocer en ellas la evidencia de lo verdadero, Descartes plantea la deducción como instrumento de análisis y de síntesis a través del cual lo complejo se podría dividir y ordenar haciendo de ello cadenas compuestas de elementos claros y distintos.

b.1) Segunda regla: el análisis.

Dividir todo problema que deba ser sometido a estudio en cuantas partes menores sea posible y necesario para resolverlo mejor.

b.2) Tercera regla: la síntesis.

Conducir con orden mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco y gradualmente, hasta el conocimiento de los más complejos, incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.

b.3) Cuarta regla: recuentos y revisiones.

Efectuar en todas partes cuantas enumeraciones y revisiones sean necesarias para estar seguros de que no hemos omitido nada.

Texto: Las reglas del método.

«[...] en lugar del gran número de preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos una vez siquiera. Fue el primero no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda. El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare en cuantas partes fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución. El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden mutuamente. Y el último, hacer en todos unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada»; Descartes, Discurso del método, segunda parte.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Descartes: vida y obra

DESCARTES: VIDA Y OBRA
por
Peredur

Al igual que sucede con Galileo en el campo de la nueva ciencia que inaugura el siglo XVII, Descartes es considerado con toda justicia como el fundador de la filosofía moderna. Cierto es, todavía acarrea éste el peso de su formación escolástica, pero igualmente, y más importante, Descartes intenta construir un edificio filosófico completamente nuevo, asentado sobre un nuevo método filosófico. Este hecho, que no había ocurrido desde Aristóteles, puede ser interpretado como el resultado de la nueva confianza en la razón que devino del progreso de la ciencia.

René Descartes nació en La Haye (Turena) en 1596. Provenía de una familia noble y muy pronto fue enviado al colegio jesuita de La Flèche, donde, bajo los principios de la escolástica, hubo de recibir formación humanística, matemática y teológica. Posteriormente continuó sus estudios en la Universidad de Poitiers, en la que obtuvo el bachillerato y la licenciatura en derecho. Pronto se percató de la insuficiencia metodológica de la corriente cultural en la que se había educado, pues, de hecho, tan sólo las matemáticas despertaron realmente su interés, y ello debido a la certeza y evidencia de sus razonamientos. Sumido al finalizar sus estudios en una profunda confusión espiritual y cultural, Descartes decide iniciarse en el gran libro de la vida, para lo cual se alista en el ejército. Es en este período, concretamente en el año 1619, cuando Descartes tuvo una revelación intelectual acerca de un sistema filosófico de nueva base metodológica. No mucho después, entre los años 1627 y 1628, Descartes redacta las Regulae ad directionem ingenii (Reglas para la dirección del espíritu), publicada póstumamente en 1701. Renunciando al ejército, se establece en Holanda, donde redacta El mundo o El tratado de la luz, obra que no llegó a publicar en vida debido a las noticias que hasta él llegaron sobre la condena de Galileo. Una vez superado este contratiempo, Descartes decidió abordar el problema de la objetividad del conocimiento racional. Los resultados de sus esfuerzos en este campo fueron publicados en 1637 bajo el título de Discurso del método. Poco después retoma un antiguo proyecto sobre metafísica, el cual se traduce finalmente en las Meditationes de prima philosophia (Meditaciones metafísicas). Por deseo de Descartes, el manuscrito fue enviado por su amigo Mersenne a los filósofos y sabios más importantes de la época, como Gassendi y Hobbes, a quienes se pidió que redactaran objeciones que, junto con el texto de Descartes y sus respuestas a las mismas, fueron publicadas en 1641. En 1644 publica los Principia philosophiae (Principios de filosofía), obra en la que expone de forma resumida y sistemática su filosofía y su física, destacando el vínculo entre ambas. Por último, en 1649 entrega a la imprenta su Tratado sobre las pasiones. Decepcionado por las críticas que le llegan desde Francia y Holanda, donde se le toma por enemigo de la religión, Descartes acepta la invitación de la reina Cristina de Suecia, quien deseaba tenerle como tutor particular. Las costumbres de estudio de la reina, quien, a pesar de las inclemencias del clima, deseaba recibir instrucción muy temprano, terminaron por socavar la frágil salud del filósofo, el cual, tras enfermar de pulmonía, moría el invierno de 1650.

René Descartes (1596-1650.)

sábado, 10 de marzo de 2012

El contrato social en la filosofía racionalista de Baruch Spinoza

EL CONTRATO SOCIAL EN LA FILOSOFÍA RACIONALISTA DE BARUCH SPINOZA
por
Peredur

Baruch Spinoza (1632-1677) nació en Amsterdam, en el seno de una familia de judíos españoles que se habían refugiado en Holanda desde Portugal. A medida que su pensamiento se fue configurando se hizo más evidente la imposibilidad de conciliarlo con el credo de la religión judía, por ello, tras varios choques con los teólogos de la sinagoga, fue finalmente excomulgado de ésta. Excluido socialmente por los suyos, tuvo que aprender a cortar y pulir vidrios ópticos para ganarse la vida, lo cual le permitió salir adelante modestamente. Aunque no enseñó de modo oficial en una cátedra, tuvo amigos y seguidores con los que pudo hablar de filosofía y con los que discutió sus escritos. Murió de tuberculosis a los 44 años de edad.

El estado de naturaleza.

El estado de derecho que Spinoza reconstruyó teóricamente parte de premisas muy semejantes a las de Hobbes. De acuerdo con la metafísica spinoziana, en la naturaleza todo se halla determinado a existir y obrar de una determinada manera. Los hombres no suponen ninguna excepción a esta regla, por ello, víctimas de sus pasiones, no pueden dejar de ser enemigos por naturaleza.

El pacto social: el fin del Estado es la libertad.

El deseo de sobrevivir y de protegerse al máximo de los continuos conflictos conduce a los seres humanos a estipular el pacto social. Éste, en consecuencia, se origina y funda sobre la utilidad que de él se deriva. Sin embargo, para Spinoza el Estado al que se le transfieren los derechos naturales individuales tras el pacto social no puede ser, como en Hobbes, un Estado absolutista, pues algunos de estos derechos son inalienables, de tal suerte que si el hombre renunciase a ellos renunciaría también a ser hombre. Tal es el caso de la libertad, motivo por el cual el Estado, lejos de caer en la tiranía absolutista, debe salvaguardar la libertad de sus ciudadanos.

¿Necesidad absoluta o libertad política?

La principal objeción que se le puede hacer a la filosofía política de Spinoza pone de manifiesto una contradicción inherente a su sistema filosófico, a saber, ¿cómo es posible que el filósofo de la necesidad absoluta se presente como teórico de libertad política y religiosa?

Baruch Spinoza (1632-1677)