LA LITERATURA IRLANDESA MEDIEVAL DE TRADICIÓN ORAL
Raúl Garrobo Robles
«Si sucumbo, al menos me habré hecho un renombre. “¡Gilgamesh ─se dirá─ contra el feroz Khuwawa entabló la lucha!”»; Poema de Gilgamesh, tablilla III, de Yale, columna IV, vv. 13-15.Muy pocos son los varones probados que, motivados por otros ideales, se enfrentan a la muerte sin reparar en su futuro renombre. De hecho, el surgimiento de buena parte de estos ideales, entre los que cabe destacar el descubrimiento, que también fue invención, del fine amor o amour courtois, puede ser localizado en Europa en dos momentos históricos bien definidos, ambos coincidentes con el desarrollo histórico de la novela: en primer lugar, en Grecia, a partir del siglo IV a.C., y en segundo lugar, en el occidente medieval, a partir del XII. En este respecto, Lanzarote del Lago puede ser considerado el máximo representante de este tipo de héroe al que, en su búsqueda, nada le importa, ni la muerte ni la fama, salvo su amada, a la que debe rescatar aunque para ello tenga que deslizarse, como antes dijimos, sobre el filo de una espada:
«¡Bien se mantendrá sobre la espada, que más afilada estaba que una hoz, con las manos desnudas y descalzo!»; Ch. de Troyes, El caballero de la carreta, vv. 3100-3103.Ahora bien, creemos firmemente que en las composiciones épicas es la fama, por encima de cualesquiera otros ideales culturales, la que motiva las acciones de los héroes.
«Ahora sí que tengo próxima la muerte cruel; ni está ya lejos ni es eludible. Eso es lo que hace tiempo fue del agrado de Zeus y del flechador hijo de Zeus, que hasta ahora me han protegido benévolos; mas ahora el destino me ha llegado. ¡Que al menos no perezca sin esfuerzo y sin gloria [akleiôs], sino tras una proeza cuya fama llegue a los hombres futuros!»; Ilíada, XXII 300-305.Este mismo pudor ─aidós─ que impulsa a Héctor a evitar la reprobación social ─némesis─ y el mal renombre puede ser igualmente constatado en el discurso que Sarpedón dirige a Glauco en el canto XII de la Ilíada, en el fragor de la batalla ante los barcos aqueos:
«¿Para qué, Glauco, a nosotros dos se nos honra más con asientos de honor y con más trozos de carne y más copas en Licia? ¿Para qué todos nos contemplan como a dioses y administramos inmenso predio reservado a orillas del Janto, fértil campo de frutales y feraz labrantío de trigo? Por eso ahora debemos estar entre los primeros licios, resistiendo a pie firme y encarando la abrasadora lucha, para que uno de los licios, armados de sólidas corazas, diga: “A fe que no sin gloria [akleées] son caudillos en Licia nuestros reyes, y comen pingüe ganado y beben selecto vino, dulce como miel. También su fuerza es valiosa, porque luchan entre los primeros licios”»; Ilíada, XII 310-321.Ante semejantes pasajes, cargados de una sobrecogedora fuerza trágica y de un heroísmo épico que aún hoy conmueve nuestra sensibilidad postmoderna, la Odisea, en cambio, guarda silencio. Ni tan siquiera en el momento crucial del poema, en el que Ulises, ya sin disfraz ─aunque con las espaldas bien cubiertas─ se enfrenta a los indolentes galanes, encontramos nada semejante. En palabras del gran especialista Jasper Griffin: «al final la destrucción de los pretendientes se nos ofrece menos como un gesto heroico que como un episodio de justicia divina». Nos encontramos, pues, ante otro tipo de heroísmo, el cual, como tendremos oportunidad de apreciar, no ansía la fama por sí misma ─esto es, como finalidad de la existencia heroica─, sino tan sólo como reconocimiento del orden ideológico sancionador. Es más, consideramos que en la Odisea la fama pierde la posición privilegia y omnipresente que retenía todavía en la Ilíada, composición en la que poseía por sí sola capacidad suficiente como para otorgar sentido a la efímera existencia del héroe. En este respecto, a lo largo de las siguientes páginas nos proponemos estudiar las nuevas estructuras culturales conforme a las cuales la fama pierde protagonismo en la Odisea en favor de una existencia que ya no necesita de la muerte para ser reconocida socialmente; una existencia que, por ello, puede incluso desearse anónima y prolongada; en definitiva, una existencia más acorde con el nuevo paradigma cultural con el que el poema interactúa y desde el cual se retroalimenta, y en el que la prudencia, la suspicacia y hasta el engaño valen tanto como la propia vida, la cual, encauzada en el entramado funcional de la sociedad, se erige como auténtico baluarte ideológico de los nuevos tiempos.
«[…] habrá un día en que seguramente perezca la sacra Ilio, y Príamo y la hueste de Príamo, el de buena lanza de fresno. Mas no me importa tanto el dolor de los troyanos en el futuro ni el de la propia Hécuba ni el del soberano Príamo ni el de mis hermanos, que, muchos y valerosos, puede que caigan en el polvo bajo los enemigos, como el tuyo, cuando uno de los aqueos, de broncíneas túnicas, te lleve envuelta en lágrimas y te prive del día de la libertad; y quizá en Argos tejas la tela por encargo de una extraña y quizá vayas por agua a la fuente Meseide o a la Hiperea obligada a muchas penas, y puede que te acose feroz necesidad. Y alguna vez quizá diga alguien al verte derramar lágrimas: “Esta es la mujer de Héctor, el que descollaba en la lucha sobre los troyanos, domadores de caballos, cuando se batían por Ilio”. Así dirá alguien alguna vez, y tú sentirás un renovado dolor por falta del marido que te proteja del día de la esclavitud. Mas ójala que un montón de tierra me oculte, ya muerto, antes que oír tu grito y ver cómo te arrastran»; Ilíada, VI 448-465.En estas palabras, concretamente en los versos 459-461, advertimos una vez más la necesidad que los héroes de la Ilíada tienen de la fama, la cual se instituye entre ellos como el bálsamo más eficaz para aliviar el dolor que les provoca el trágico conocimiento de su frágil y efímera existencia. De hecho, tan sólo a Aquiles, en todo el poema, se le permite cuestionar el valor y la utilidad de este kléos que otorga renombre, junto al cual, en algunas de sus reflexiones, sitúa como alternativa una existencia anónima y prolongada en compañía de su familia:
«Mi madre, Tetis, la diosa de argénteos pies, asegura que a mí dobles Parcas me van llevando al término que es la muerte: si sigo aquí luchando en torno a la ciudad de los troyanos, se acabó para mí el regreso [nóstos], pero tendré gloría [kléos] inconsumible; en cambio, si llego a mi casa, a mi tierra patria [patrída gaîan], se acabó para mí la noble gloria [kléos], pero mi vida será duradera y no la alcanzaría nada pronto el término que es la muerte»; Ilíada, IX 410-416.Podríamos pensar que el Pelida plantea aquí la posibilidad que aún le aguarda de elegir entre dos destinos mutuamente excluyentes, a saber, morir heroicamente para adquirir así un renombre imperecedero o, renunciando a la fama, regresar a su tierra patria para disfrutar de una existencia anónima y duradera. Sin embargo, otros pasajes del poema parecen indicar más bien que sus palabras no expresan una posibilidad real, sino tan sólo el deseo de que así pudiera ser:
«¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te crié si en hora aciaga te di a luz? ¡Sin llanto y sin pena junto a las naves debiste quedarte sentado, ya que tu sino es breve y nada duradero! Temprano ha resultado ser tu hado e infortunado sobre todos has sido; por eso, para funesto destino te alumbré en palacio»; Ilíada, I 414-418.Y también:
«¡Madre! Ya que me diste a luz para una vida efímera, honor [timén] me debió haber otorgado el olímpico Zeus altitonante»; Ilíada, I 352-354.18
«“¡Ay de mí infeliz! ¿Qué va a sucederme al final ahora? ¡Temo que la diosa me haya dicho toda la verdad, cuando me dijo que en alta mar, antes de alcanzar mi tierra patria [patrída gaîan], sufriría de nuevo dolores! Todo eso ahora va a cumplirse. Con qué nubarrones cubre Zeus el amplio cielo, y revuelve el mar, y ya se desbocan las ráfagas de todo tipo de vientos. Ahora tengo segura una desastrosa muerte. ¡Tres y cuatro veces dichosos los dánaos que antaño murieron sirviendo a favor de los Atridas en la amplia llanura de Troya! ¡Ojalá que también yo hubiera muerto y cumplido mi destino en aquel día, cuando muchísimos troyanos me lanzaron encima sus lanzas de punta de bronce al costado del cadáver de Aquiles! En tal caso habría obtenido honores fúnebres y me habrían dado gloria [kléos] los aqueos. Ahora, en cambio, está predestinado que me arrebate una muerte miserable [leygaléo thanáto]»; Odisea, v 299-312.En estos versos podemos apreciar con total claridad cómo para Ulises cualquier otra muerte es mejor que aquella que impide al héroe regresar a su hogar dejando su vida en el mar. Desde el punto de vista del personaje, una muerte de estas características supone para el héroe la privación del reconocimiento social de su valía; desde su enfoque social, sin embargo, conlleva la privación para la comunidad de uno de sus puntales funcionales e integradores. Para el paradigma cultural que refleja la Odisea ─con el cual interactúa ésta a nivel poético─ este segundo enfoque resulta insoslayable. En palabras de Jacinto y Pilar Choza, «si la muerte del héroe, del hombre, no es acogida e integrada por la cultura, no es una muerte humana: es un acontecimiento físico. […] Pero si la sociedad la hace suya como un acontecimiento propio, entonces queda convertida en una factor estabilizante del orden social». Lo detestable para la Odisea, en tal caso, no es tanto morir sin fama como morir ─o vivir─ lejos de la patria. Este, y no otro, es el mensaje cultural que novedosamente transmite a nuestro juicio este poema.
«Nosotros [emeîs] somos aqueos que volvemos de Troya, desviados por vientos diversos sobre el vasto abismo del mar; ansiosos del hogar, hemos ido por otros caminos y otras rutas. Así probablemente quiso Zeus disponerlo. Nos jactamos de ser gente de Agamenón Atrida, cuya fama [kléos] es ahora vastísima bajo el cielo. Porque una ciudad inmensa destruyó y aniquiló a sus numerosos guerreros. Nosotros [emeîs], llegados aquí ante tus rodillas, suplicamos, por si nos ofreces el don de hospitalidad o tal vez algún otro presente, como es normal para los huéspedes. Así que, magnánimo, respeta a los dioses. Somos suplicantes tuyos. Y es protector de suplicantes y extranjeros Zeus hospitalario, que vela por los extraños dignos de respeto»; Odisea, ix 259-271.Desdibujado e irreconocible entre la pluralidad que conforma el grupo de sus camaradas, desprovisto de aquello que en la épica sirve al héroe como instrumento de su singularidad y nobleza ─su nombre y su linaje─, Ulises contraviene en esta escena el ideal heroico del que Glauco se hace eco en la Ilíada: «descollar siempre, sobresalir por encima de los demás» (Ilíada, VI 208). Sin embargo, por más que el comportamiento del hijo de Laertes pueda parecer deshonroso para los patrones culturales que establece la Ilíada, cualquier otra actuación frente al cíclope habría resultado completamente inadecuada. Si el poeta épico da forma a sus personajes en función de las fuerzas sociales que interpreta desde y para su cultura, y ésta última ─tal y como se desprende de la lectura de la Odisea─ valora la vida desde una perspectiva prioritariamente socio-funcional, Ulises ─padre, esposo y gobernante de su pueblo─ no puede sino sobrevivir a toda costa, incluso al precio de lo que en otro tiempo, bajo la forma trágica de la épica, habría sido considerado una deshonra. La estructura narrativa que incorpora la Odisea no es, por lo tanto, la propia de la tragedia, pues el poema, para cumplir satisfactoriamente aquello que se propone, no sólo no necesita la muerte de su héroe, sino que, por lo contrario, requiere expresamente el triunfo de éste por encima de todas las fuerzas ─inhumanas, humanas y sobrehumanas─ que amenazan con impedirle su regreso y reintegración en la sociedad de la que todavía, a pesar de su larga ausencia, sigue formando parte. En definitiva, al igual que en la Ilíada Héctor y Aquiles deben morir ─tal es la exigencia poética de esta composición─, así también debe Ulises en la Odisea regresar a su patria.
«¡Taimado y trapacero sería quien te aventajara en cualquier tipo de engaños, incluso si fuera un dios quien rivalizara contigo! ¡Temerario, embaucador, maestro de enredos! ¿Es que ni siquiera estando en tu patria podrías prescindir de los embustes y las palabras de engaño que te son tan gratas? Pero, ea, dejémoslo, que ambos sabemos mucho de trucos. Porque tú eres con mucho el mejor de todos los humanos en ingenio y palabras, y yo entre todos los dioses tengo fama por mi astucia y mis mañas»; Odisea, xiii 291-299.Cabe preguntarnos, en todo caso, si el comportamiento de Ulises es representativo del nuevo escenario socio-cultural del que ─a nuestro juicio─ se retroalimenta el poema o si, por lo contrario, su carácter responde tan sólo a las exigencias formales de la trama; es decir, ¿podemos aceptar la figura de Ulises como emblema de un conocimiento que el poema pretende transmitir indirectamente o hemos de admitir sin más que su predisposición para concebir y poner en práctica artimañas y añagazas es la única respuesta adecuada del héroe frente al entorno hostil que todo nóstos imprime a la forma intrínseca de este tipo de relatos? No es nuestra intención negar la utilidad teórica del formalismo, cuya incorporación en cualquier análisis de los poemas homéricos sería sensiblemente enriquecedora. Sin embargo, la presencia omnipresente en la Odisea de toda suerte de ardides nos conduce a interpretar la prudencia, la astucia y el engaño no sólo como las constantes formales del relato que rigen el comportamiento moral de Ulises, sino, ante todo, como el nuevo ideal humano conforme al cual todos los personajes de este poema regulan su conducta.
«[…] librado del mar, llegará a ti la muerte, pero blanda y suave, acabada tu vida en la calma de lozana vejez; entre tanto tus gentes en torno venturosas [ólbioi] serán. Estas son las verdades que te anuncio»; Odisea, xi 134-137.Y así se lo manifiesta Ulises a su esposa Penélope en un pasaje que recoge con absoluta precisión la ideología de la primera de las tres funciones indoeuropeas:
«Mujer, ningún mortal en la tierra infinita podría hacerte reproches. Pues tu fama [kléos] llega hasta el amplio cielo, como la de un monarca irreprochable que gobierna temeroso de los dioses sobre numerosos y valerosos súbditos y mantiene firmes sus justas obras, mientras la negra tierra hace brotar trigos y cebadas, y los árboles rebosan de frutos, los rebaños se reproducen sin fin, y el mar prodiga sus peces, gracias a su buen gobierno, y florecen [aretôsi] los pueblos bajo su cetro»; Odisea, xix 107-114.Tal es la fama que la Odisea considera digna de su héroe.