―APUNTES PARA EL BACHILLERATO―
HUMANISMO Y ALIENACIÓN EN MARX
«Recordemos: para evitar que la temperatura global aumente más de 1’5ºC con respecto a los niveles preindustriales, la humanidad debe reducir sus emisiones de dióxido de carbono (CO2) hasta aproximadamente la mitad de los niveles actuales de aquí a 2030, y hasta 0 de aquí a 2050. Así lo establece el informe especial encargado por las Naciones Unidas al IPCC, donde se estudian los efectos de un calentamiento global limitado a 1’5ºC por encima de los niveles preindustriales, y que se hizo público en octubre de 2018»; [p. 196, n. 229].
«Cualquiera que ─en 2012-2013─ se pusiera a estudiar con seriedad la necesidad y posibilidad de transiciones socioecológicas (desde nuestro insostenible capitalismo fosilista y extractivista hacia formaciones sociales sustentables) llegaba rápidamente a una conclusión más bien deprimente: tales transiciones eran, o bien ya imposibles (y en tal caso se asumía la inevitabilidad del colapso ecológico-social de las sociedades industriales), o bien extremadamente difíciles e improbables (el colapso estaba en marcha, según esta segunda posición, pero aún existía una pequeña ventana de oportunidad para evitarlo). Llamemos, para abreviar, pesimista a la primera posición y optimista a la segunda; en 2013 yo cambié desde la segunda posición a la primera. [...] se dijo en varias ocasiones que, tanto si íbamos a colapsar inevitablemente como si no, los pasos prácticos que había que comenzar a dar en ambos escenarios eran esencialmente los mismos. (A mí esta argumentación no me convencía, pero sí a la mayoría de mis compañeros y compañeras). [...] Creo que hoy es posible ver con más claridad que esos dos escenarios sobre transiciones y colapsos ecosociales ─pesimista y optimista─ sí que tienen implicaciones diferentes en cuanto a nuestra posible praxis. Pues el voluntarismo optimista nos insta a encaminarnos hacia propuestas de “crecimiento verde” y Green New Deal para las que hoy, en mi opinión, ya no hay tiempo suficiente ni recursos (ni tiempo para evitar desenlaces catastróficos, ni suficientes recursos materiales y energéticos sin devastar la biosfera). Y que, creo, resultan contraproducentes para las perspectivas de supervivencia (y bienestar humano) a medio y largo plazo»; [pp. 12-13].
«Sólo durante el siglo XX la humanidad ha consumido unas diez veces la energía usada durante el milenio anterior [...] ─esencialmente en forma de carbón, petróleo y gas natural. [...] las emisiones globales de CO2 procedente de combustibles fósiles [...] desde la crisis económica que comenzó en 2007 hasta hoy […] [son tantas] como en los dos primeros siglos de sociedad industrial. [...] Otra cuenta, no en términos de emisiones sino de combustibles fósiles quemados: pues bien, la mitad de todos ellos (los combustibles fósiles quemados a lo largo de toda la historia humana) se han quemado desde 1990 hasta hoy. [...] y esto ocurrió durante los años de la “crisis climática” en los que los Homo sapiens ya no podían pretender que no entendían la amenaza que representaba su conducta, y de hecho prometieron repetidamente hacer algo al respecto»; [pp. 14-15].
«[...] un desarrollo reciente ─la electrificación parcial de la isla canaria del Hierro con energías renovables─ puede servirnos como “miniestudio de caso” para juzgar de forma realista las posibilidades de “solución técnica” para los problemas socioecológicos [...]. “El Hierro prescinde del petróleo”, se anunciaba a bombo y platillo en prensa y televisión, el verano de 2014. [...] Pero esto es pura fantasía: veámoslo. El 27 de junio de 2014 se inauguró la central hidroeólica de Gorona del Viento (abreviaremos CHE), permitiendo a los diez mil habitantes de la isla canaria abastecerse parcialmente de electricidad renovable (eólica, para ser más precisos). Cinco aerogeneradores, dos depósitos de agua a diferente altura y un sistema de bombeo conforman lo esencial del dispositivo. [...] Reparamos en que el proyecto nació en 1981: y se materializa parcialmente, con gran aparato propagandístico, 33 años más tarde. [...] en realidad, las mismas fuerzas que pusieron palos en las ruedas son las que hoy intentan colgarse las medallas [...] Y al final, lo que tenemos es sólo un proyecto piloto, uno más. Afirmaciones propagandísticas como “con la CHE se habrá conseguido el objetivo de ser 100% renovable”, o "con la CHE conseguiremos el autoabastecimiento energético de la isla”, están completamente fuera de lugar. El Hierro sólo ha logrado prescindir de una parte pequeña del petróleo con que la isla está funcionando actualmente... [...] En suma, Gorona del Viento aporta apenas el 12-13% de la energía usada en el Hierro; el 87% restante sigue siendo energía fósil. No es como para echar las campanas al vuelo, ¿verdad? [...] Las energías renovables no pueden proporcionar el sobreconsumo energético que hoy nos parece “normal” [...]. El problema con que nos topamos es que el paso primero y principal de cualquier transición energética a la sustentabilidad, en sociedades como la nuestra, debería ser: usar mucha menos energía. Y esto significa aceptar alguna clase de empobrecimiento voluntario»; [pp. 17-20].
«Para una sociedad “cochecéntrica” como es la nuestra, el gran fetiche de la transición ecológica es el coche eléctrico: se da a entender constantemente, desde la cultura dominante, que reemplazar los motores de combustión por motores eléctricos nos conduciría al edén de la virtud ambiental y permitiría hacer frente de modo efectivo al calentamiento global. Sin embargo, la triste realidad es que no hay suficientes minerales y metales en la corteza terrestre para permitir tal transición. [...] para reemplazar todos los coches y camionetas del Reino Unido por vehículos eléctricos (sin incluir camiones ni vehículos pesados, y suponiendo el uso de baterías muy eficientes), harían falta al menos 207.900 toneladas de cobalto, 264.600 toneladas de carbonato de litio y 7.200 toneladas de neodimio y disprosio, además de 2’3 millones de toneladas de cobre. Esto representa, sólo para un país, excluyendo los vehículos pesados, y sólo para un componente de la supuesta transición ecológica, casi el doble de la producción mundial anual de cobalto, casi la entera producción mundial de neodimio, tres cuartas partes de la producción mundial de litio y al menos la mitad de la producción mundial de cobre (con cifras de 2018)»; [pp. 20-21].
«Hablemos un poco más de cobre, un metal clave para la estrategia de electrificación intensiva que está en el corazón de las propuestas de Green New Deal. Tadeus Patzek ha hecho algunos cálculos: "[...] deberían desplegarse unos 4.500 millones de toneladas de cobre en forma de cables y todos los dispositivos fabricados con cobre. Esta cantidad es seis veces mayor que todo el cobre actualmente producible en el mundo”. [...] la corteza terrestre no ofrece metales y minerales suficientes para una supuesta transición ecológica planteada en términos de sustitución de los combustibles fósiles por renovables de alta tecnología (y eso sin hablar de la devastación de ecosistemas que acarrearía la intensificación de la actividad minera)»; [pp. 21-23].
«[...] el climatólogo Kevin Anderson retrata las “transiciones energéticas 100% renovables” que no plantean el cambio sistémico, a partir del caso danés, supuestamente ejemplar: “Dinamarca ciertamente ha liderado el camino de la electricidad [a partir de fuentes renovables], pero sus emisiones totales de dióxido de carbono apenas han cambiado desde 1990, una vez que se tienen en cuenta la aviación, el transporte marítimo, las importaciones y las exportaciones. [...] Lo mismo sucede con otros países “ejemplares” como Suecia: según las cifras oficiales, las emisiones de GEI se han reducido un 26% desde 1990. Pero si incluimos todas las emisiones, como las asociadas al transporte, la aviación y los bienes importados, las emisiones suecas no se han reducido en absoluto: solo se han exportado al extranjero. [...] El caso alemán es sin duda de muchísimo interés para este asunto, con su rápida penetración de las renovables en el sistema eléctrico a partir de 2005. Pero, esencialmente, están sustituyendo la energía nuclear (tras la decisión de 2011 de cerrar progresivamente las centrales electronucleares) mientras que el uso de carbón y gas natural no disminuye. Y las emisiones de GEI básicamente no se reducen»; [pp. 24-25].
«Una transición energética hacia sociedades sustentables quiere decir, sin duda, energías renovables (y una descarbonización muy rápida de la economía). Así que la pregunta clave resulta ser: para mantener sociedades complejas ¿qué pueden proporcionarnos las fuentes renovables de energía? [...] Una buena síntesis de nuestra situación la proporciona Emilio Santiago Muíño: "[...] el 100% renovable debe ir unido a una economía poscrecimiento. Sin duda, esto supondría una transformación civilizatoria revolucionaria que no sabemos hacer. (...) No se trata de hacerlo mejor, sino de hacer menos [...]”. [...] las fuentes renovables de energía no pueden proporcionar la superabundancia de los combustibles fósiles a la que nos hemos acostumbrado, ni por tanto hacer viable un próspero “capitalismo verde” [...]. Según [Antonio] Turiel, una estimación realista del potencial máximo que pueden proporcionar las energías renovables estaría entre un 30 y un 40% del consumo total mundial actual. [...] Una transición al “100% renovable” sólo saldría bien si fuese al mismo tiempo una salida igualitaria del capitalismo y una contracción de emergencia, reduciendo drásticamente nuestro uso de energía (condiciones que, por desgracia, no parecen estar a nuestro alcance...)»; [pp. 26-28].
«¿Qué suponen las estrategias expansivas de tipo Green New Deal en términos de emisiones de GEI y de destrucción de la trama de la vida? La respuesta a lo segundo es fácil: seguir intensificando la aniquilación de vida [...] Más extractivismo, más destrucción de biodiversidad, más degradación de ecosistemas, más eliminación de seres vivos. Pero ¿con respecto a lo primero? ¿Al menos un Green New Deal encierra la promesa de la reducción rápida de GEI (Gases de Efecto Invernadero) que necesitamos, so pena de calentamiento global apocalíptico a corto plazo (dentro del siglo XXI)? Me temo que no, para nada. [...] una transición de ese tipo intensifica la actividad económica y el extractivismo al menos durante el plazo (varios decenios) de instalación de la nueva tecnosfera; lo más que cabe esperar de forma realista, a mí juicio, sería una estabilización de las emisiones. Tomemos como proxy la cuestión del coche eléctrico, otra vez. Según un estudio dirigido por Christoph Buchal (Universidad de Colonia) y publicado por el Instituto Ifo de Múnich, vehículos eléctricos como el Tesla tienen emisiones de CO2 significativamente más altas que los coches con motores diésel (ello se debe a la importante cantidad de energía utilizada en la extracción y el procesamiento de litio, cobalto, manganeso y otras materias primas críticas para la producción de automóviles eléctricos, y especialmente sus baterías). En otro estudio el coche eléctrico, de acuerdo con análisis de ciclo de vida [...] practicados por investigadores chinos, emite sólo el 18% menos que un vehículo con motor de combustión interna. Esta clase de resultados muestran la debilidad de los paradigmas expansivos de “capitalismo verde”»; [pp. 28-29].
«[...] suelo decir: lo ecológica y socialmente necesario es cultural y políticamente imposible. Pero hay que recordar enseguida las palabras de aquel sabio que fue Jesús Ibáñez: “Cuando algo es necesario e imposible hay que cambiar las reglas de juego: para inventar nuevas dimensiones”. [...] Lo ecológicamente necesario es cultural y políticamente imposible. Y lo políticamente posible no sale de la trayectoria mortal en la que nos hallamos: ecocidio más genocidio. Lo que tiene potencial de mayorías no nos saca del atolladero ecológico. [...] Y lo que nos sacaría del atolladero ecológico no tiene potencial de mayorías»; [pp. 30 y 37].
«Para la inmensa mayoría de la sociedad, no hay un futuro pensable fuera del crecimiento económico: pero el crecimiento económico es parte del problema, no de la solución. Una sociedad infantilizada parece aceptar de buen grado argumentos infantiles. [...] Por eso hay que subrayar que las políticas de “crecimiento verde” por las que abogan instituciones como el Banco Mundial, la OCDE, la Comisión Europea o el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente son un contrasentido. [...] Según los defensores del Green Growth, la expansión económica continuada sería compatible con la preservación de una biosfera saludable en nuestro planeta, ya que el cambio tecnológico y la sustitución permitirían desacoplar absolutamente el crecimiento del PIB del uso de recursos y las emisiones de carbono. Pero semejante productivismo “verde” no es creíble... [...] Un estudio de Jason Hickel y Yorgos Kallis titulado “¿Es posible el crecimiento verde?” (que publicó la revista New Political Economy en abril de 2019) examina [...] con rigor la cuestión. Analizando los modelos que relacionan el PIB [...] y las emisiones de CO2, estos investigadores muestran que: (1) no hay evidencia empírica de que se pueda lograr un desacoplamiento absoluto del uso de los recursos a escala global en un contexto de crecimiento económico continuo, y (2) es altamente improbable que se logre un desacoplamiento absoluto de las emisiones de carbono a nivel global a velocidad lo suficientemente rápido como para evitar que el calentamiento global supere los límites de 1’5°C o 2°C (Acuerdos de París, 2015), incluso bajo los supuestos políticos más optimistas. [...] “[...] cualquier intento exitoso de lograr reducciones de emisiones adecuadas requerirá de una reducción proporcional de la demanda de energía global”, ha concluido Kallis. Estamos hablando otra vez, si no edulcorados las cosas, de empobrecimiento voluntario»; [pp. 31-33].
«[...] en el pasado, cada gran transformación (revolución) en el modo de producción ─comenzando por la Revolución neolítica─ aumentó la cantidad y la densidad de la energía usada por los seres humanos. Lo que necesitamos ahora ─y con extrema urgencia─ es lo contrario: usar menos energía (y por ello vivir en promedio con menos bienes y servicios, más localmente y más despacio). Esto supone empobrecimiento, [...] ─aunque descendemos desde tan alto, en los países sobredesarrollados, que podríamos decrecer mucho y aun así vivir bien en términos materiales. Pero no se trata sólo ─es obvio─ de decrecimiento y vivir bien con menos. Reparemos en cómo la palabra power, en inglés, significa tanto “energía” como “poder”. La disponibilidad de energía puede incrementar nuestros poderes-capacidades (y lo ha hecho históricamente), pero también el poder de dominación. [...] La transición energética [...] pone de inmediato sobre la mesa, con crudeza, las luchas contra la dominación y por la emancipación humana»; [pp. 35-36].
«Hablamos de “transformación verde” o de “transiciones ecológicas”, y esto suena bien. Pero tendríamos que tener el valor de llamar a las cosas por su nombre: si no nos hacemos trampas en el solitario, eso significa empobrecimiento. El discurso del “decrecimiento feliz” no es que sea engañoso, pero omite señalar algo importante: usar menos energía quiere decir hacer menos cosas. Menos actividades de las que ahora apreciamos: turismo y viajes, sin ir más lejos. Para sociedades enganchadas a las satisfacciones consumistas compensatorias, esto supone un problema grave. “Viviríamos mejor”, es cierto ─pero sólo si un cambio cultural concomitante nos permite una Umwertung aller Werte (diríamos con Nietzsche), una metamorfosis axiológica que sitúa la lentitud, la sobriedad, la espiritualidad y el amor en el pináculo de nuestros valores»; [p. 36].
«¿Cómo hemos llegado hasta aquí? [...] ha sido, sobre todo, la magia de los combustibles fósiles. Y la magia de los combustibles fósiles es al mismo tiempo la trampa de los combustibles fósiles. Hoy, en un solo día, consumimos unos siete mil años de la acumulación fotosintética que llevó a la formación de los combustibles fósiles. A medida que va agotándose el inmenso tesoro fósil que ha posibilitado dos siglos de crecimiento económico acelerado, las ilusiones se disipan. [...] Nos negamos a aceptar algo muy esencial: transición energética (o ecológica, de manera más general) significa, entre otras cosas, empobrecerse materialmente. Un Ministerio de Transición Ecológica tendría que llamarse (si no nos engañamos a nosotros mismos) Ministerio de Empobrecimiento Material Para Ir Empezando. (Una razón muy de fondo para eso es la equivalencia que he evocado más de una vez: estamos en la senda de descenso de nuestro uso de combustibles fósiles, y un barril de petróleo ─159 litros─ supone 1.700 kWh, mientras que una jornada de trabajo humano son 0'6 kWh. Es decir, la energía contenida en el barril de petróleo equivale a 11 años de trabajo humano (2833 jornadas laborales, cinco días a la semana, dan esos 11 años).). Y a la hora de plantear algún elemento de empobrecimiento, nuestra respuesta es: sí, pero que lo hagan otros. [...] Que se aprieten el cinturón los privilegiados. Y en cada escalón de la brutal pirámide de desigualdad planetaria cada cual puede señalar a alguien situado más arriba, salvo la élite criminal situada en el vértice (la cual se dice a sí misma: en la catástrofe que viene, nosotros sobreviviremos con independencia de lo que ocurra al resto). La estructura de la trampa dentro de la cual nos hemos metido es infernal. Y la misma trampa es un infierno en desarrollo»; [pp. 38-39].
«“La probabilidad de que quede algo de hielo permanente en el Ártico después de 2022 esencialmente es cero”, dice James Anderson, uno de los climatólogos más importantes del mundo. Quienes entienden algo de las realimentaciones positivas del sistema climático y la liberación de metano y dióxido de carbono asociada con el deshielo del permafrost saben lo que eso significa: destrucción y muerte a escala masiva. Se podrían alcanzar los 3°C de incremento (sobre las temperaturas preindustriales) ya hacía 2050 si no se mitigan vigorosamente las emisiones de GEI. La profesora Manola Brunet (presidenta de la Comisión de Climatología de la Organización Meteorológica Mundial) estima que es bastante probable que alcancemos los 2°C en 2035-2040 [...] no cabe excluir el riesgo de que una cascada de retroalimentaciones (colapso de la selva amazónica, descongelación del permafrost, descomposición de los hidratos de metano en el Ártico, aumento de la respiración bacteriana marina, pérdida de las capas de hielo polares o cambios en la circulación oceánica) pueda empujar al sistema Tierra hacia un estado de “Tierra cocedero" inhabitable (hothouse Earth)»; [pp. 42-43].
«Ojalá las cosas fuesen más sencillas. Mas, por todo lo anterior, creo que hoy no sería ya el momento de pensar en transiciones (ordenadas y graduales) [...] Las alternativas son más bien SOCIALISMO O BARBARIE, REVOLUCIÓN O COLAPSO. Lo que necesitamos es una contracción económica de emergencia, junto con una renaturalización masiva del planeta Tierra: lo he defendido en Ecosocialismo descalzo. La alternativa es revolución (en plazos brevísimos) o colapso. No es que lo digan aguerridos militantes ecosocialistas: lo afirman los científicos que consagran su vida al análisis de esta problemática: (personas nada antisistema sino más bien conservadoras), emitiendo sus informes del IPCC (analizando el calentamiento global) y el IPBES (considerando la Sexta Gran Extinción). [...] Revolución o colapso, pues. Pero ¿quién defendería que, en los plazos brevísimos de que disponemos ─dos o tres lustros, un par de decenios a lo sumo─ y siendo las correlaciones de fuerza las que son, llevaremos a cabo una revolución ecologista, antipatriarcal e igualitaria [...]. Esa revolución ecosocialista y ecofeminista no va a realizarse en tiempo y forma. Se concederá que la probabilidad de que una noche nos acostemos morenos y a la mañana siguiente nos despertemos pelirrojos es extremadamente pequeña. Pues en ese orden de magnitud anda la probabilidad de que una noche nos acostamos capitalistas neoliberales y a la mañana siguiente todos nos despertemos como ecosocialistas y ecofeministas ─que es lo que debería suceder para evitar el colapso catastrófico de las sociedades industriales. Nos quedan, entonces, las perspectivas de colapso ecosocial»; [pp. 46-47].
«Cambiar las reglas económicas, las prácticas sociopolíticas, los valores éticos. Sí, sabemos que deberíamos hacerlo, pues las sociedades industriales de hoy son absolutamente inviables. Pero ¿cuánta gente sabe esto? Y ¿cuánta gente se cree lo que sabe? [...] Y finalmente ¿cuánta está de verdad dispuesta a volver del revés el calcetín de la insustentabilidad? [...] Así, seguimos sin asumir de verdad la cuestión de los límites [...], que será la más decisiva de todo el siglo XXI. Como sociedad, seguimos siendo básicamente negacionistas. [...] “Si lo que se avecina es una barbarie a fuego lento [...] marcada por la proliferación de estrategias desesperadas de supervivencia antes de por formas de solidaridad, ¿no habría que intentar empezar a buscar las bases para construir una salida a la barbarie? ¿Acaso no hay realmente nada desde dónde comenzar?” La gran pregunta acerca de la civilización humana reza: ¿somos capaces de autocontención? Ésa la pregunta ético-política básica. El secreto de la felicidad según el Gran Wyoming: Mentes complejas con gustos sencillos»; [p. 49].
«Félix Guattari, en su pequeño clásico del pensamiento ecologista titulado Las tres ecologías, señaló [...] que “bien podría dejar de haber historia humana si no se produce una radical recuperación del control de la humanidad por sí misma”. Tres decenios después, estamos aún más lejos de esa posibilidad de recuperar el control... [...] En el Siglo de la Gran Prueba ¿tenemos perspectivas realistas de “recuperar el control”, o más bien de ganarlo, pues nunca lo tuvimos en el pasado? En realidad, la pregunta sobre si podemos hoy controlar nuestro destino es bastante más específica: ¿podemos escapar de las trampas sistémicas que la Modernidad occidental ha creado ─y que llamamos capitalismo y tecnociencia, con su matriz energética fosilista? [...] Imagine usted cualquier actividad humana, o plan de vida que le gustaría desarrollar en el futuro ─a usted mismo o a sus seres cercanos, atenta lectora, amable lector. A continuación hágase esta pregunta sencilla: ¿se darán las condiciones de estabilidad climática y suministro adecuado de energía y materiales para poder llevar a cabo estos proyectos? Pues bien: sea lo que fuere que haya pensado [...] la respuesta, con certidumbre científica (en la medida en que la ciencia proporciona certidumbre), la respuesta es: NO. Hay dos clases de fenómenos que conducen a que la inercia histórica humana sea enorme, y el cambio intencional controlado muy difícil: (A) paradigmas culturales (cosmovisiones) y (B) dinámicas sistémicas. No resulta nada fácil cambiar nuestras creencias compartidas básicas acerca del mundo (por ejemplo, en la cultura occidental, que Homo sapiens es un ser excepcional separado del resto de la naturaleza) ni los automatismos sistémicos (la aceleración social, pongamos por caso). [...] Estamos en el segundo decenio del siglo XXI, y todo indica que no habrá transiciones socioecológicas razonables [...]. Vamos hacia el colapso catastrófico de las sociedades industriales. Las luchas anticapitalistas se plantean, de forma realista, como si tuviéramos siglos por delante. Pero para evitar lo que se va perfilando como apocalipsis climático, de forma realista, no tenemos ni siquiera lustros: estamos en tiempo de descuento»; [pp. 53-54].
«[...] si el futuro es impredecible y no somos deterministas [...] ¿cómo podemos estar seguros de que vamos a colapsar? Hay un abanico de futuros posibles. “El arte y las filosofías sociales expresan las opciones teóricamente posibles. En un extremo, la esperanza en que la salida de los combustibles fósiles desemboque en una sociedad más pequeña, más lenta, más hermosa y mejor. En el otro, el anuncio de un colapso catastrófico que ponga fin a la civilización”. El futuro es inherentemente impredecible, y depende de lo que hagamos y dejemos de hacer los seres humanos; pero podemos estar seguros de que ninguno de nuestros futuros va a estar al margen de las leyes de la termodinámica y la ecología [...]. Y hemos de ser conscientes de que las gigantescas dinámicas de deterioro ecológico-social en curso tienen una inercia cuyos efectos sentiremos incluso si lográsemos mañana mismo emprender un cambio de rumbo radical. [...] ¿Tenemos todavía tiempo para hacer lo que deberíamos haber hecho ya? Así se nos plantea la angustiosa cuestión de los plazos... ¿Se podría aún evitar el colapso? Todo indica que ya no. Y el abismo del colapso civilizatorio que está abierto ante nosotros obliga ─debería obligar─ a replantearnos casi todas las preguntas: antropológicas, filosóficas, ético-políticas, económicas, sociológicas, psicológicas...»; [pp. 61-62].
«“Una de las grandes batallas hoy es luchar contra ese sentimiento de que el colapso es irreversible”, dice Naomi Klein en una entrevista. Pero si no se trata de un sentimiento, sino de una convicción razonada a partir del mejor conocimiento disponible, ¿no deberíamos comenzar por asumir la realidad? No para quedarnos paralizados, sino para actuar a partir de ahí... “Pero ¿qué esperanza nos dejas?”, se podría preguntar. Respondería: hablemos primero de comprensión, de interpretar veraz y adecuadamente la situación en que nos encontramos, y sólo después de esperanza. Atengámonos primero al mejor conocimiento positivo de que disponemos, y vayamos en un segundo momento a las respuestas, apoyándonos en nuestros mejores principios y valores. Si no, estamos haciendo las cosas al revés ─y no ayudaremos nada a quienes necesitan esperanza. ¿Esto resulta desmoralizador? Mi límite es el respeto a la verdad. [...] ¿Cómo reaccionamos ante un peligro existencial, inminente y muy difícil o ya imposible de evitar? A menudo, apartando la vista y pensando en otra cosa. [...] La gente se tapa las orejas... pero “la única solución es decir la verdad, aunque la gente se tape las orejas” [...]. “No puede ser verdad porque resultaría demasiado espantoso”: a estas alturas de la sangrienta historia humana, y teniendo cerca las matanzas del siglo XX, debería resultar obvio que ésa no puede ser nunca una manera adecuada de razonar. [...] No se trata sólo de la verdad como valor en sí [...]: sucede también que la ignorancia es fuente de miedo. Comprender un proceso negativo ya nos hace algo más fácil arrostrarlo ─incluso si no podemos controlarlo en la realidad. [...] Comprender nos da fuerza ─aunque lo que comprendamos sea espantoso»; [pp. 66-68].
«Un factor muy determinante en la falta de reacciones adecuadas en nuestras sociedades es lo que suelo llamar tecnolatría. Uno se pregunta: pero ¿cómo puede ser que una sociedad que dispone de más conocimiento científico que nunca en el pasado, que hasta se llama pomposamente a sí misma “sociedad del conocimiento”, siga avanzando a toda velocidad hacia el abismo, cuando lo que ocurrirá en tal caso es perfectamente previsible? Una parte importante de la respuesta ─no toda ella─ se encuentra en esa confianza irracional en la técnica, o tecnolatría. [...] En una encuesta ─a la que me he referido otras veces─ llamada “Perspectivas de futuro de la sociedad”, realizada en diciembre de 2013 [...] la gran mayoría de la gente respondía que [...] podían fallar los combustibles fósiles y podía haber calentamiento climático, pero la economía seguiría creciendo y el bienestar aumentando. ¿Por qué creían eso? Confiaban en que o bien las energías renovables, o bien éstas más la energía nuclear, o bien estas dos más una tercera, que no se sabe cuál es pero ya está inventada, [...] evitarían la crisis energética. Lo cierto es que cuatro de cada cinco encuestados tenían esa confianza irracional en la técnica. Digo irracional porque si analizáramos la cuestión con la objetividad desapasionada del ingeniero, veríamos que ninguna de estas opciones nos resolverá los problemas... En suma, se diría que la mayoría social mantiene incólume una tecnolatría sin fundamento. Donde haría falta revolución ético-política, se sigue esperando la salvación por la tecnociencia. [...] Señala acertadamente Carlos de Castro que la inadecuada respuesta sociocultural en la presente crisis civilizatoria “es el factor fundamental que hace inevitable el colapso ya. Como físicos, sabemos de los límites biofísicos. Pero es que hay unas barreras autoimpuestas desde hace siglos: son los mitos culturales [...]. El mito del progreso tecnológico creo que es una de las mayores realimentaciones [...] del proceso de colapso»; [pp. 76-78].
«Joseph Tainter [...] se fija sobre todo en la composición social. Tras estudiar procesos de colapso de un buen número de civilizaciones históricas, lo define como “una perdida significativa de un nivel establecido de complejidad sociopolítica en un sistema social”, que ha de darse en un periodo “de no más de unas décadas”, distinguiéndose así de otros procesos de declive social “más débiles o más lentos”. [...] “[...] El flujo de información se reduce, la gente comercia e interactúa menos, y en general hay una menor coordinación entre individuos y grupos. La actividad económica decae proporcionalmente a lo anterior”. Jared Diamond comparte el énfasis en el deterioro de la complejidad social, pero además complementa la definición de Tainter añadiendo un fenómeno específico cuantificable: el descenso abrupto de la población humana en un territorio dado. [...] El colapso, sintetiza Carlos Taibo, vendría caracterizado por los rasgos siguientes: un golpe muy fuerte que trastoca muchas relaciones, la irreversibilidad del proceso consiguiente, profundas alteraciones en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población, una general perdida de complejidad en todos los ámbitos, una creciente fragmentación y un retroceso de los flujos centralizadores, la desaparición de las instituciones previamente existentes [...]. El ensayista señala que todo esto “se traducirá en una multiplicación extraordinaria de los problemas y en una reducción paralela de la posibilidad de resolverlos”. Así que, amigos y amigas, nada de cuanto peor, mejor...»; [pp. 81-83].
«Y este proceso, cabe preguntarse, ¿será lento en el tiempo, o más bien repentino? En realidad no podemos saberlo. Hay una tentación a considerar los cambios biosféricos como inscritos siempre en una escala temporal larga [...]. [Carlos Taibo] sitúa la posibilidad de procesos bruscos más bien del lado de los factores políticos y socioeconómicos [...]. Ahora bien, las posibilidades de colapso brusco no vienen dadas sólo por factores sociales (del tipo, digamos, de las burbujas financieras o el ascenso al poder de fascismos que provoquen guerras mundiales): también por factores naturales. Así, un “super-eructo de metano” ártico podría desencadenar un calentamiento global muy rápido, incontrolable y catastrófico. [...] La reducción de la energía neta que nos proporciona el sistema de petróleo (que es la principal fuente energética de las sociedades actuales) también conduciría a un colapso repentino si fuese muy rápida [...]. Y por otra parte, como suele subrayar Carlos de Castro, “todo se realimenta”. Es decir, diversas dinámicas destructivas consideradas aisladamente pueden ser relativamente lentas (descenso energético, cambio climático, efectos políticos de las migraciones masivas, problemas de abastecimiento de agua y alimentos...), pero consideradas en su conjunto y con las múltiples retroacciones mutuas (feedback loops), el resultado puede ser un desenlace rápido. Con todo, y sin poder descartar esa clase de acontecimientos catastróficos, probablemente el colapso no va a ser demasiado rápido: ¡impacientes abstenerse!»; [pp. 83-84].
«La diferencia entre un mejor o peor colapso vendrá determinada, a mí juicio, por el hecho de que se materialice o no un genocidio. (La pendiente actual nos lleva a un ecocidio, que traería consigo un genocidio; Malthus regresa en el siglo XXI. “La agricultura va a derrumbarse globalmente a causa del cambio climático y no vamos a poder alimentar a todo el mundo. Y cuando esto suceda van a estallar guerras...”). Es decir: colapso, en dos palabras, significa pérdida de complejidad socioeconómica acompañada de una acusada disminución de población; si logramos evitar lo último, habremos logrado colapsar mejor. Si llegásemos a la segunda mitad del siglo XXI habiendo logrado evitar un descenso demográfico catastrófico y estuviéramos en camino de construir sociedades mucho más sencillas, frugales e igualitarias, basadas en tecnologías intermedias robustas, que se olvidasen del PIB como supuesta medida de bienestar, que usarán muchos menos materiales y energía, lo habríamos hecho lo mejor posible en las difíciles circunstancias actuales. Esta perspectiva es la que vengo sugiriendo llamar ecosocialismo descalzo»; [p. 85].
«[...] Nuria Del Viso [...] enmarca la tragedia climática “en términos de conflicto entre unos ─los poderosos─, que están primando su propia seguridad y minusvalorando el bienestar del resto, y otras ─las mayorías─, que pugnan tanto por influir sobre las élites como por reunir sus propias fuerzas para cuidarse en común”. Pero eso es ponerse las cosas demasiado fáciles... ¿Es un conflicto del capital contra la vida? Sí. Pero ¿eso equivale a un conflicto del 1% frente al 99%? No. Porque responder afirmativamente supondría no reconocer que el capital es una relación social que penetra el entero cuerpo social, una relación social de la que también el 99% forma parte. Por eso nuestras perspectivas son tan sombrías. Porque no se trata sólo de “la lucha de clases entre los poderosos y todos los demás”: es también un conflicto de nosotros mismos (el 99%) contra nosotros mismos. Todo resultaría mucho más sencillo si lo esencial fuese el conflicto del 99% frente al 1%. Pero el capitalismo es también la enfermedad que va infectándonos al 99%»; [pp. 85-86].
«El rasgo que mejor caracteriza la Modernidad euro-occidental que ha moldeado el mundo en los últimos cinco siglos es la expansión: navegación hasta los confines del mundo en la “Era de los descubrimientos”, conquistas y asentamientos coloniales, expansión mercantil, ciencia y técnica orientadas a la dominación, uso de cantidades ingentes de energía fósil, crecimiento industrial, desarrollo de un colosal extractivismo a escala planetaria que (como antes ya observamos) finalmente nos hace chocar contra los límites biofísicos del planeta Tierra... Y ahí se acaba esta historia ─por las buenas o por las malas. Aunque nos hemos acostumbrado a crecer ─y hemos hecho del crecimiento económico un verdadero fetiche religioso─, ahora toca decrecer, por las buenas o por las malas. Nuestro desbocado extractivismo ya no es opción de futuro ─salvo al precio de un genocidio que se lleve por delante a la mayor parte de la población humana»; [p. 94].
«A corto plazo, advertimos perspectivas de descenso energético y crisis económica prolongada, con elevados niveles de paro y desprotección social.[...] Y las perspectivas de colapso civilizatorio no dejan de hacerse más reales y cercanas. Todo ello aconseja, en mi opinión, una estrategia compleja que incluiría, en primer lugar, prever oleadas de “depresión social” y desencanto e ir ingeniando desde ya mismo formas de “vacunar” contra las mismas... [...] Y el fascismo va a ser ─ojalá me equivoque─ un peligro constantemente presente a lo largo de los decenios que vienen. En segundo lugar, hemos de potenciar las iniciativas autogestionadas de construcción comunitaria a todos los niveles. Sin grandes avances en las dimensiones de igualdad, cooperación y cuidado resulta difícil imaginar buenas salidas a la crisis presente (o al menos salidas no tan malas). [...] La tarea de construir espacios liberados debe sin duda ocupar lo mejor de nuestros esfuerzos. Y en tercer lugar, quizá deberíamos practicar una estrategia dual, en el sentido siguiente: por un lado, pelear con fuerza por las máximas cuotas posibles de poder institucional, para democratizar las instituciones (buscando esos avances en las dimensiones de igualdad, cooperación y cuidado). Pero al mismo tiempo, por otro lado, deberíamos no ilusionarnos con esas perspectivas institucionales y ser bien conscientes de los muy estrechos límites impuestos al ejercicio de ese poder, y los muchos condicionantes a que estará sometido. Y proporcionar entonces como mínimo la “tolerancia” de esas nuevas autoridades electas, y siempre que sea posible el apoyo activo, para formas extensas de experimentación social poscapitalista autoorganizada desde abajo»; [pp. 95-96].
«Hoy no necesitamos (prioritariamente) acumular más datos sobre la crisis multidimensional [...]: necesitamos sobre todo construir movimiento social. Los problemas ecológicos son, esencialmente, asuntos sociopolíticos y culturales. [...] Hoy no necesitamos (prioritariamente) más avances técnicos, aunque algunos de ellos pueden ser bienvenidos, sino otra praxis social. Necesitamos construir movimiento social. Tiene razón el economista Jean-François Noubel cuando apunta que “los mayores retos de la humanidad no son el hambre, la pobreza, el desarrollo sostenible, la paz, la salud, la educación, etc., sino nuestra capacidad de organizarnos colectivamente para poder resolverlos”. Lo “verde” no es el coche eléctrico, pongamos por caso: es caminar, pedalear y usar transporte colectivo. Darnos cuenta de esto resulta fundamental»; [p. 107].
«¿Cómo proporcionarnos motivación ético-política suficiente, en nuestras sonámbulas e infantilizadas sociedades? ¿A qué podemos recurrir como perspectiva positiva? Diría que sobre todo a estos siete elementos:1. El amor por los hijos e hijas, las nietas y nietos [...].2. Libertad real [...] fuera del horizonte de consumismo totalitario que se nos ofrece como única opción [...]. Esta libertad real se coimplica con la igualdad, como he argumentado en otros lugares.3. Comunidad ─y este vivir en comunidad (en comunidades) resulta esencial para los simios súper sociales que somos los seres humanos. [...]4. De esa existencia menos alienada formaría parte el trabajo con sentido, que puede convertirse en un placer ─incluso cuando se trata de duro trabajo físico, en el campo por ejemplo─ [...].5. Riqueza en tiempo y en vínculos sociales, capaz de compensar las pérdidas de riqueza material que se seguirán de la renuncia al extractivismo. [...]6. Una existencia de resonancia con la vida y conexión con el cosmos. La resonancia (en el sentido que dio a este término el filósofo canadiense Charles Taylor) es en cierta forma lo contrario de la alienación. Como señala Hartmut Rosa, “la vida buena se obtiene resonando con nuestro entorno, viviendo conectados con el mundo [...]” [...].7. Un nuevo sentido de la vida (vida buena con dignidad humana y tratando bien a la Tierra, reconciliando natura y cultura) que puede proporcionar buenos mimbres para tejer el cesto de la “autorrealización” (vida lograda o cumplida). La sensación de vivir una vida con sentido (incluso si tiene aspectos duros y comprometidos) es una de las motivaciones más fuertes que podemos experimentar los seres humanos»; [pp. 107-109].
«Necesitamos construir un potente movimiento social a favor del ecosocialismo / ecofeminismo, la resiliencia comunitaria, la sustentabilidad y el colapsar mejor; algo que quizá podríamos llamar “operación Noé”. [...] ¿Quiere esto decir ganar una mayoría social numérica? Desde luego, no en los comienzos [...]. No creo, por desgracia, que hoy podamos aspirar a un “populismo ecologista” mayoritario. Repárese en que todo populismo se basa en construir un “nosotros” bueno (el 99%) que haga frente al “ellos” malvado (el perverso 1% [...]) ─mas esto no sirve en el caso de la crisis ecológica global, en un país como España. [...] En el caso del ecologismo y la crisis ecológico-social, “ellos” somos también “nosotros”. La respuesta adecuada a nuestra trágica situación sería conciencia de especie, responsabilidad biosférica, compasión universal ─pero eso no proporciona munición para una estrategia populista. Por desgracia, a corto plazo, lo ecológicamente necesario hoy ─que incluye una contracción económica de emergencia─ resulta cultural y políticamente imposible»; [p. 112].
«Una cámara oculta colocada en un ascensor sueco permite observar las reacciones de la gente ante una escena de violencia de género. “Un joven grandullón maltrata verbal y físicamente a una muchacha: la arrincona e insulta con las palabras más soeces, le tira del pelo, grita que la va a matar. La víctima gimotea y pide ayuda. Mientras esto sucede, vamos viendo a diversas personas que comparten el ascensor con ellos. Se ponen de espaldas, no dicen ni palabra, salen corriendo. Son hombres y mujeres, solos o en parejas. Una señora mayor tiene la desfachatez de protestar diciendo: ‘Eh, que no están solos, esperen a que me vaya’, como si el único derecho que estuviera conculcando el energúmeno fuera el de fastidiarle su tranquilidad. Es un vídeo increíble, aterrador. Al fin, una mujer de unos treinta y tantos años se enfrenta al maltratador y le dice: ‘Si la vuelves a tocar llamo a la policía’. Subieron 53 personas en ese ascensor y sólo reaccionó ella”. Podríamos decirnos: sólo una entre 53... Sólo una minoría del 2%, del 1 % está a la altura. Pero ¡atención! Pues ésa puede ser la levadura que fermente el pan entero. Recordemos por ejemplo una de las mejores iniciativas de regeneración sociocultural que nunca han existido en nuestro país, la Institución Libre de Enseñanza [...]. Pues bien, en la celebración de sus “bodas de oro” en 1926 la Institución “sólo podía enorgullecerse de tener 158 alumnos” [...]. Cuantitativamente, una miseria; pero cualitativamente enorme. Fue una minoría capaz de poner en marcha cambios fundamentales desde una perspectiva de bien común ─cambios que por desgracia anuló la sublevación clerical y fascista de 1936... Los estudios sobre movimientos sociales y difusión de la innovación social muestran que bastan “minorías concienciadas” de entre un 3 y un 5% de la población para poner en marcha cambios culturales y sociales que en ciertas circunstancias acaban siendo mayoritarios. La condición para el éxito es más bien la transversalidad de estas minorías: sus integrantes no deben estar limitados a una subcultura o nicho social particular [...], sino formar parte de todos los grupos sociales relevantes (grupos de edad, por sexo, profesiones, etc.). [...] El mensaje en definitiva sería: podemos ser pocos al principio, pero eso no importa tanto como no quedar encerrados en guetos subculturales»; [pp. 112-114].
«[...] la reducción del tiempo de trabajo se está practicando ya de manera drástica y generalizada en la mayoría de las sociedades industrializadas, pero en la peor de sus modalidades: el paro masivo [...]. En efecto, si la cuarta o la quinta parte de la población activa no tiene empleo ─como sucede en España─, eso quiere decir que el tiempo de trabajo se ha reducido en un 20 o 25 por ciento. El problema, por tanto, no es si uno está a favor o no de reducir la duración del trabajo, sino qué modalidad de la misma se quiere aplicar. [...] La hipocresía del establishment político al abordar estas cuestiones impresiona. De creer sus declaraciones, se desviven haciendo lo posible y lo imposible por resolver ‘el problema del paro’, continuamente caracterizado como ‘el problema más grave de nuestra sociedad’. (Caracterización a la que asiente el sufrido pueblo encuestado, cuando le interrogan al respecto). El desempleo actual no es una fatalidad natural, sino una cuestión profundamente política: lo que está en juego es nada menos que la estructura de poder y riqueza en las sociedades capitalistas del siglo XXI. El paro es la consecuencia previsible y prevista de las políticas económicas que decide y aplica ese mismo establishment, en beneficio de los intereses del gran capital»; [Riechmann, pp. 11-12].
«Para ser comprensible, el debate sobre el tiempo de trabajo ha de situarse en el contexto que forman varios procesos histórico-sociales de enorme alcance: -la lucha secular del movimiento obrero por limitar la explotación de la fuerza de trabajo y crear una sociedad más justa; -la lucha secular del feminismo por abolir la división sexual del trabajo; -los enormes progresos en la productividad del trabajo humano asociados al industrialismo capitalista. (Hoy, en España, sólo se necesita un trabajador para producir lo que cinco en 1962); -la crisis del Estado asistencial; -la crisis ecológica global, generada por el enorme impacto de nuestros sistemas socioeconómicos sobre la biosfera en la segunda mitad del siglo XX»; [Riechmann, pp. 12-13].
«[...] acerca del ritmo de sustitución del trabajo humano por autómatas y robots, sí que parece cierto que la microelectrónica permite ahorrar trabajo y capital a la vez, incrementando simultáneamente la producción, y que en la actualidad la inversión tiende a no ser ya creadora sino destructora de puestos de trabajo. El resultado neto depende a medio plazo de si tales líneas de inversión intensivas en capital estimulan a su alrededor el surgimiento de actividades complementarias más intensivas en trabajo, y en qué grado. Pero por lo pronto está claro que la panoplia de nuevas tecnologías desplaza mano de obra profesionalmente obsoleta, y que la oferta de nuevos puestos de trabajo lo es de ocupaciones generalmente menos cualificadas y en régimen de contratación precaria»; [Riechmann, p. 16].
«La desestabilización de las relaciones laborales (equivocadamente presentada como ‘flexibilización’ por los gobiernos y los patronos) [...] favorece el trabajo temporal, la contratación a tiempo parcial según criterios empresariales, la subcontratación y diversas formas de trabajo inseguro y trabajo ‘negro’ a expensas del empleo estable (sea o no a tiempo completo). En la empresa, la mano de obra tiende a dividirse en un menguante núcleo central de trabajadores permanentes ─a tiempo parcial o completo─ y un creciente grupo periférico de trabajadores temporales inestables. Tal sistema permite controlar mejor las fluctuaciones irregulares o estacionales de la actividad económica [...] y reducir los costes de la mano de obra»; [Riechmann, p. 17].
«La generalización de las diversas formas de trabajo precario para el trabajador y ‘flexible’ para el capital no solo degrada la situación de importantes sectores de obreros no cualificados, jóvenes y mujeres, que soportan bajos salarios, carencia de protección social, inestabilidad, malas condiciones sanitarias y nulas perspectivas de cualificación y promoción; también ha roto la espina dorsal del movimiento obrero segmentando al conjunto de la clase trabajadora en niveles y experiencias distintas, entre los que dejan de funcionar mecanismos de solidaridad y transmisión de las ventajas conseguidas por el movimiento sindical en los sectores mejor situados. El único lugar de encuentro entre esas distintas realidades vuelve a ser la familia tradicional, unidad de consumo en la que convive en el parado, la subcontratación doméstica a destajo, los jubilados, el joven con trabajo en prácticas, la ‘empleada del hogar’ que también es ama de casa, el empleado fijo y el drogadicto. Las estrategias individuales y los lazos del grupo familiar se anteponen a la lógica de comportamiento colectivo como clase»; [Riechmann, pp. 17-18].
«La respuesta oficial frente al ‘problema del paro’ es que necesitamos más crecimiento económico. Pero varias circunstancias hacen problemática está recomendación: a) En primer lugar, el crecimiento de la producción solo crea empleo cuando supera al crecimiento de la productividad del trabajo humano [...]. Pero eso, en general, ya no ocurre en los países industrializados del Norte [...]. En las fases de auge económico de los años 80 y 90 hemos hecho la experiencia de [...] un crecimiento sin generación de empleo, que ni siquiera consigue hacer retroceder el paro a los niveles anteriores a la fase recesiva inmediatamente precedente. b) Para reabsorber las altas tasas de paro actuales a base de más crecimiento económico, se precisarían unas tasas de crecimiento que son sencillamente imposibles. [...]. c) Las tasas de crecimiento económico que serían necesarias para reabsorber el paro masivo en los países del Norte son [...] imposibles a todas luces, pero además no son deseables por razones psicológicas y de solidaridad Norte-Sur»; [Riechmann, pp. 19-21].
«En su artículo ‘El fin del empleo’ (El País, 4-5-96), el filósofo italiano Gianni Vattimo aventura que [...] “la innovación tecnológica [...] reduce la necesidad de mano de obra necesaria para todas las producciones tradicionales y para numerosísimos servicios, y [...] que, en el futuro, la cantidad de trabajo humano necesaria para hacer funcionar la máquina del mundo está destinada a reducirse; y que, como corolario, el trabajo que todavía esté disponible ya no tendrá el carácter estable y definitivo al que tradicionalmente estábamos acostumbrados. [...] Uno relee dos o tres veces el párrafo y se queda un poco mareado. De la reducción del trabajo socialmente necesario no se sigue la desestabilización del empleo [...]: podríamos trabajar menos y trabajar todos y todas en empleos estables. Lo que se opone a está hipotética nueva configuración social es el poder del capital [...]. Sólo dando por sentado que persistirá en el futuro la actual debilidad del movimiento obrero, y que persistirá una correlación de fuerzas favorable a quienes compran fuerza de trabajo en un mercado laboral, puede uno afirmar la desestabilización del empleo como un destino inevitable. [...] parece sumisión esencial a la agresiva y reaccionaría oleada de legitimación capitalista que recorre el mundo»; [Riechmann, pp. 21-22].
«El desempleo no es un hecho natural. La mayoría de las sociedades humanas han padecido muchos problemas económicos, como la pobreza, la desigualdad, la explotación, el agotamiento del medio natural... pero no han conocido el desempleo masivo en su forma actual. Éste constituye un efecto particular del tipo de instituciones que rigen la vida económica en la mayor parte de las sociedades actuales, las que podemos definir como economías capitalistas [...]. El trabajo asalariado es una de las instituciones centrales de las sociedades capitalistas. Su generalización está asociada al desarrollo de una estructura de propiedad que ha privado a una enorme masa de población de acceso directo a los principales medios de producción, volviéndola incapaz de desarrollar por sí misma un proceso productivo autónomo. [...] El desempleo constituye un producto típico de las sociedades en las que el trabajo se organiza principalmente a través de mercados laborales y empresas capitalistas. [...] El desempleo es un resultado específico de aquellas sociedades donde la actividad laboral es objeto de un comercio mercantil y los propietarios de los medios de producción son los que deciden cuánta gente contratan en función de sus perspectivas de rentabilidad privada. El desempleo se deriva de la existencia de un particular régimen de propiedad y al mismo tiempo es un mecanismo que asegura el buen funcionamiento de estas economías, en la medida que constituye un poderoso medio de disciplina social y de freno a las pretensiones para alterar la distribución de la renta»; [Recio, pp. 24-27].
«Una de las posibles consecuencias del cambio técnico es la de aumentar la productividad del trabajo, la cantidad de bienes producidos por unidad de trabajo. Pero de ello no se puede derivar mecánicamente la aparición de desempleo. [...] en una sociedad colectivista, una mejora tecnológica de este tipo se traduciría en aumento del consumo o reducción de la jornada laboral, en lugar de provocar el desempleo de una parte de la población. Por ello, al analizar el desempleo, el énfasis principal debe ponerse en las relaciones sociales que rigen el sistema económico y no en la tecnología. [...] concentrarse en la idea de un paro tecnológico me parece completamente erróneo. El alto volumen de desempleo actual se explica precisamente porque, desde mediados de los años setenta, las clases dominantes han conseguido imponer políticas económicas estrictamente diseñadas para mantener elevado el nivel de desempleo; y son estas políticas, más que el desarrollo tecnológico, las causantes de la tragedia actual»; [Recio, pp. 27-28 y 37].
«Repartir el trabajo puede suponer una razonable demanda igualitaria en la medida que el trabajo es una carga necesaria para garantizar el nivel de producción. [...] Pero si el objetivo igualitario consiste en repartir la carga, la exigencia debería ser el reparto de toda la carga, no solo la de la parte que se realiza como trabajo asalariado. Este sentido del ‘reparto del trabajo’ conduce a tomar en consideración lo que ocurre en el espacio extramercantil. Es evidente que también en este campo se dan enormes desigualdades, pero éstas no se relacionan con el tener o no tener empleo, sino con realizar más o menos trabajo no mercantil. Ahora bien: son las mujeres, obedeciendo a una antigua y renovada división sexual del trabajo, las que realizan la mayor parte de este trabajo; [...] para las mujeres el acceso a un empleo asalariado no ha supuesto ni la eliminación del trabajo doméstico ni su redistribución. [...] Esta idea de reparto del trabajo productivo y reproductivo entre hombres y mujeres [...] no sólo propone desarrollar servicios públicos (guardería, atención a las personas mayores...), sino que también sugiere la necesidad de adecuar la jornada laboral a las necesidades reproductivas, la promoción de campañas institucionales en pro de la corresponsabilización, la introducción del aprendizaje de las tareas domésticas en el sistema escolar...»; [Recio, pp. 28-30].
«[...] ha aparecido una [...] posición, que considera el no crecimiento de la producción total como un objetivo positivo. Ésta es la posición de gran parte de la corriente ecologista, para la que el crecimiento es incompatible con las constricciones naturales del planeta [...]: una mayor producción agravaría las tensiones ambientales y resultaría insostenible a medio plazo. Cualquier proyecto ecológicamente sostenible pasa por contener el crecimiento de la producción y, por tanto, bloquea la posibilidad de generar empleo aumentando los niveles de consumo. [...] Diversos autores han indicado el contrasentido de apostar por un crecimiento material continuado en un mundo que tiene dimensiones finitas y está regulado por procesos naturales irreversibles [...]. Pero me parece inadecuado que tal observación se traduzca simplemente en considerar que deba tomarse como único mecanismo de ajuste del empleo la variación de la jornada laboral»; [Recio, pp. 37-38].
«La estrategia de reducción generalizada de la jornada laboral [...] constituye una de las líneas fundamentales de acción del movimiento obrero a lo largo de su historia. La semana laboral media del obrero industrial europeo duraba unas 85 horas a mediados del siglo XIX; en la actualidad oscila alrededor de las 40 horas. Desde 1960, la semana de trabajo normal ha disminuido en un promedio de 8 a 10 horas y el número de días de vacaciones se ha multiplicado»; [Riechmann, p. 42].
«[...] es bastante evidente el interés de los patronos en conservar tasas altas de paro y precarizar el trabajo, como factores de disciplinamiento de la clase trabajadora. [...] siempre preferirán que los incrementos de productividad se traduzcan en desempleo antes que en reducción de la jornada laboral. En su ensayo de 1943, ‘Aspectos políticos de la ocupación plena’, subrayaba Kalecki: “Bajo un régimen de pleno empleo, el ‘despido’ dejaría de desempeñar su papel como medida disciplinaria. [...] crecería la confianza en sí misma y la conciencia clasista de la clase trabajadora. Las huelgas para pedir aumentos salariales y mejoras en las condiciones de trabajo crearían tensión política. [...] el desempleo es parte integrante del sistema capitalista normal”»; [Riechmann, pp. 42-43].
«Las organizaciones patronales argumentan siempre que una reducción del tiempo de trabajo no basta para mejorar el nivel de empleo si no la acompaña la reducción salarial proporcional. Se ‘olvidan’ interesadamente de un hecho fundamental: las reducciones de jornada van casi siempre acompañadas de incrementos de la productividad horaria del trabajador o trabajadora. [...] Por tanto, si el salario real ─descontada la inflación─ disminuye en la misma proporción en que disminuye la jornada, se está produciendo casi siempre una redistribución de rentas en detrimento de los salarios y en beneficio del capital. [...] La reducción de jornada con reducción proporcional del salario no merece el nombre de reparto de trabajo: más bien habría que denominarla reparto del paro, cómo sugiere Guy Aznar. [...] Este reparto del paro es desfavorable a los trabajadores. Frente a él, los sindicatos de clase sostienen razonablemente que las empresas podrían mantener el nivel de los salarios sin merma ninguna de beneficios, porque la reducción de la jornada laboral va acompañada casi siempre de un aumento de la productividad»; [Riechmann, pp. 43 y 49-51].
«[...] la hegemonía cultural de la derecha es hoy tan fuerte que en los debates sobre reformas económico-sociales con dos versiones, una de derechas y otra de izquierdas, automáticamente la discusión queda confinada a la versión de derechas (el reparto del paro, en la terminología que acabamos de introducir). La versión de izquierdas ni siquiera se considera, y la reforma como tal corre el peligro de quedar desacreditada en su conjunto»; [Riechmann, p. 52].
«[...] otra cuestión fundamental: la reordenación de los tiempos de trabajo y la consiguiente introducción de más turnos. Esta eventual combinación de menos jornada con más tiempo de funcionamiento de las unidades productivas representa tal vez la situación más favorable para la reivindicación de nuevos puestos de trabajo. [...] Si la incorporación de un nuevo empleado no permite variar la producción, es difícil que la empresa lo contrate. Por el contrario, cuando la reducción de la jornada hace posible introducir un nuevo turno de producción, es bastante posible que se produzca efectivamente una ampliación del empleo. [...] Cuanto más rígida sea la relación entre el puesto de trabajo y un conjunto de bienes de equipo, más difícil será crear empleo con variaciones reducidas de la jornada de trabajo. Por el contrario, resultará más fácil incorporar a nuevas personas en actividades que requieren pocos medios de producción, en las cuales existe una mayor posibilidad de aplicar fórmulas variables de organización del trabajo. De la misma forma, las actividades que pueden realizarse en un mayor abanico de horas diarias permiten una mayor posibilidad de reorganización del empleo que aquéllas que tienen lugar en horarios rígidos (por ejemplo, una jornada de trabajo de 6 horas diarias en una industria puede traducirse en tres y hasta cuatro turnos diarios, mientras que es difícil que los restaurantes puedan generar igual número de turnos si experimentan una reducción parecida de jornada). Por último, cabe considerar que el efecto a corto plazo de una reducción de jornada puede verse limitado por la inadecuación de cualificaciones laborales. Si, por ejemplo, se reducen las horas de quirófano de los cirujanos y no existe un volumen suficiente de cirujanos en paro, a corto plazo no podrán generarse los empleos que potencialmente permiten la reducción de jornada. Por ello, una política de empleo basada en la reducción de la jornada laboral debe ir acompañada de importantes intervenciones en el campo de la organización del trabajo, la regulación de los tiempos de trabajo y la formación profesional»; [Recio, pp. 60-62].
«Los empresarios tienden a preferir las horas extraordinarias a los nuevos contratos por dos razones complementarias. Por una parte, el alargamiento de la jornada no supone incurrir en nuevos costes de contratación: no hay que formar ni seleccionar a más trabajadores, no hay incertidumbres sobre el comportamiento de los nuevos, no hay que aumentar el número de supervisores, etc. Por otra parte las horas extras permiten un ajuste muy rápido y barato del empleo frente a los cambios en la demanda de productos: si aumenta la actividad aumentan las horas extras; y si se reduce, éstas caen con bastante facilidad. En cambio ir contratando y despidiendo gente, por precario que sea el contrato, resulta siempre engorroso. [...] Los costes de aumentar la jornada son los de mayor fatiga laboral, que en general se manifiestan a largo plazo y preocupan poco a los empresarios. Por parte de los trabajadores, existe mayor predisposición a realizar horas extras cuanto menor es el salario y mayores las expectativas de consumo (o simplemente las obligaciones de pago insoslayables, como por ejemplo la devolución de un crédito hipotecario). Hay que considerar asimismo que en [...] actividades profesionales donde cuenta el currículum, la gente acepta a menudo la realización de horas extras, incluso sin cobrar, porque ello constituye un elemento favorable a su carrera»; [Recio, pp. 63-64].
«El debate sobre las modalidades del empleo debe tomar en consideración un hecho adicional: [...] el desarrollo de empleo a tiempo parcial. [...] En teoría se trataría de una modalidad tan válida como la anterior, siempre que se basara en la libre elección personal. Aquellas personas interesadas en compaginar un empleo remunerado con alguna actividad alternativa podrían optar por este tipo de empleos. [...] Pero esta percepción basada en el derecho de cada uno a modular su nivel de consumo y trabajo choca con numerosos obstáculos, que una política madura del tiempo de trabajo tiene que considerar. En primer lugar tenemos el hecho [...] de que una proporción creciente de las personas que ocupan este tipo de puestos de trabajo lo hacen porque no encuentran empleos a tiempo completo. En este caso no se trata de una opción voluntaria, sino de un mero racionamiento del empleo que fuerza a aceptar algo menos preferido. En segundo lugar, el desarrollo del empleo a tiempo parcial no está relacionado con objetivos de reparto del empleo, o con la simple preferencia de los trabajadores, sino con la creciente necesidad de las empresas, especialmente en los servicios, de cubrir puntas de actividad de duración reducida en determinadas horas del día (por ejemplo, comedores) o días a la semana (por ejemplo, los fines de semana en grandes comercios). [...] En tercer lugar y éste es posiblemente el punto crucial, se trata de un empleo mayoritariamente femenino. Esta constatación obliga a preguntarse en qué medida su proliferación, lejos de suponer un avance en un modelo social igualitario, supone un refuerzo de los viejos roles sexuales. [...] hombre con empleo normal y mujer con empleo a tiempo parcial, que se suma a la actividad reproductiva doméstica. [...] En un país donde la picaresca empresarial es tradicional, este tipo de contratos pueden ser fácilmente utilizados en algunos sectores para eludir cargas sociales y fiscales por el simple método de registrar el contrato como si fuera a tiempo parcial y pagar el resto de horas trabajadas con dinero negro. Debe subrayarse [...] que si, en términos generales, la creación de un segmento separado de empleos femeninos a tiempo parcial puede tener efectos regresivos para la igualdad laboral entre hombres y mujeres, sus efectos pueden resultar aún más perversos en términos de pauperización para todas las mujeres que no viven en familias estándar: mujeres solteras, viudas o separadas sin otras alternativas laborales. La nueva feminización de la pobreza en países como Estados Unidos algo tiene que ver con este tipo de evolución. El empleo a tiempo parcial puede constituir en determinados casos una opción plenamente válida, pero en la situación actual corre el peligro de transformarse en un medio de ahondamiento de las diferencias de género y en un medio de degradación de derechos laborales en determinados empleos»; [Recio, pp. 65-68].
«[...] la reducción de jornada, si es drástica y con mantenimiento de los salarios, podría implicar un importante cambio de la distribución de la renta desde los beneficios capitalistas a los salarios. Tal cambio en la distribución es deseable desde criterios igualitarios, pero chocará enseguida con las resistencias tecnocráticas de quienes alegan que reducir drásticamente los beneficios pone en cuestión el funcionamiento de la economía. Ciertamente las rentas no salariales se dirigen a fines diversos: básicamente inversión en nuevas tecnologías y equipos productivos por una parte, y consumo de los capitales por otra. Es muy posible que un recorte en este último, lejos de constituir un desastre, resulte necesario por motivos de equidad y racionalidad ecológica. Es más dudoso, a menos que se opine que no hace falta construir nuevos equipamientos y dedicar una parte del producto social a desarrollo tecnológico, que deba hacerse nula la inversión. (De hecho, también la transición a una economía ecológicamente viable exigirá nuevas inversiones en medios de producción adecuados para tal fin.)»; [Recio, pp. 69-70].
«El grado de desorganización social existente entre las clases trabajadoras, por un lado, y la capacidad de las instituciones capitalistas internacionales de penalizar rápidamente los experimentos locales anticapitalistas, por otro, vuelven muy poco factible esta redistribución a corto plazo. [...] más bien [...] hay que esperar una feroz resistencia por parte del capital a cualquier intento de cambio radical de las reglas del juego. Ha sido precisamente la conciencia de este hecho, unida a la falta de credibilidad de referentes alternativos, lo que ha conducido a parte de la izquierda a aceptar que el reparto del empleo se realice con reducciones salariales de los actualmente ocupados. Como ya se ha indicado, se trataría en este caso de adoptar la vía de la redistribución entre los asalariados, de ‘solidaridad dentro de una sola clase’, ya que quedarían intactos los beneficios del capital. (Es más, posiblemente subirían por un aumento de la productividad y del grado de uso de la capacidad de los medios de producción). No me entretendré en discutir lo sonrojante de esta aceptación de un modelo de solidaridad de cuyo ejercicio se excluye precisamente a los privilegiados»; [Recio, p. 70].
«A menudo se presenta la reducción de jornada [con reducción salarial] como una opción entre más ocio o más consumo. De hecho, planteada en estos términos la alternativa resulta falaz. Para la mayoría de las personas, un ocio aceptable está asociado a un mayor consumo [...]. Para determinados niveles de renta, la opción puede ser cierta por cuando la reducción de salarios es compatible con el mantenimiento de un alto nivel de consumo [...]. Pero muchas personas con bajos ingresos pueden valorar poco un aumento del tiempo libre. Su nivel de renta no les permite utilizar el tiempo de ocio satisfactoriamente (dadas las actuales pautas culturales) y la reducción salarial puede verse como un mero empeoramiento de su nivel de vida. Por esto es por lo que los pobres tienden con mayor facilidad a aceptar horas extras o a renunciar a las vacaciones pagadas»; [Recio, p. 73].
«[...] el reparto del empleo [...] choca con las aspiraciones, necesidades y situaciones particulares de gran parte de la población a la que pretende movilizar. Las largas jornadas de trabajo no sólo reflejan la voluntad de alcanzar unos niveles de consumo socialmente normalizados, sino que se producen en muchos casos por la presión a la que están sometidas muchas personas en un sistema social jerarquizado y competitivo, que premia el ‘trabajo duro’ por poco sentido que éste tenga. No parece fácil que, sin la existencia de otras percepciones y aspiraciones sociales, la gente acepte trabajar menos horas, y hasta acepte ganar menos, por mera solidaridad. Por eso me parece más adecuado plantear la cuestión, no tanto en términos de medidas para paliar el desempleo, como en términos de niveles y formas de vida deseables. Éste fue el planteamiento exitoso de la reivindicación histórica de las ocho horas. La consigna “Ocho horas para trabajar, ocho para descansar y ocho para desarrollar vida social” apuntaba hacia un modelo de vida socialmente aceptable. [...] Aunque es posible objetar que en su planteamiento olvidaba el tiempo necesario para el trabajo reproductivo, lo que situaba la idea de una jornada justa en una perspectiva exclusivamente masculina. El planteamiento actual sobre el tiempo de trabajo debería recuperar este enfoque de ligar reivindicación y proyecto de vida, incluyendo no sólo el reparto del trabajo asalariado sino el del conjunto del trabajo social. Una reivindicación esta última que podrían apoyar millones de mujeres interesadas en un cambio de las pautas de división sexual del trabajo»; [Recio, pp. 76-77].
«[...] ¿desea la mayoría de los trabajadores y trabajadoras, tanto los estables como los precarios, una reducción de la jornada laboral? [...] Una encuesta de 1977, en nueve países de la Comunidad Económica Europea, preguntó a trabajadores con empleo: “¿Prefiere usted un aumento de salario o de tiempo libre?”. El 45 por ciento de los encuestados se decantó por el aumento de salario. El 55 por ciento, por más tiempo libre. Le Nouvel Observateur encargó al año siguiente otra encuesta que preguntaba a trabajadores franceses (empleados, parados o jubilados) [...], el 63% contesto que preferiría trabajar la mitad [...]. En 1993, siete de cada diez franceses se declaraban dispuestos a ganar menos a cambio de trabajar menos, siempre que eso permitiera contratar a desempleados (en un sondeo de L’Express). Un sondeo de 1979 del Instituto de Investigación sobre el Empleo de Nuremberg, apuntaba que el 88 por ciento de los asalariados alemanes occidentales desearía poder trabajar menos incluso ganando menos. [...] Una comisión parlamentaria sueca encargó en 1988 un estudio sobre las posibilidades de reducción del tiempo de trabajo. [...] El 62 por ciento de los trabajadores a tiempo completo prefería menos trabajo a un aumento salarial [...]. Según un sondeo italiano (de Telemark/Il Mondo) de 1984, el 70 por ciento de los trabajadores del sector privado son partidarios de la disminución del tiempo de trabajo [...]. El deseo de trabajar menos (incluso en el caso de que ello supusiese un nivel menor de consumo) parece, pues, arraigado en un sector considerable de las masas trabajadoras europeas. Sin embargo, tales preferencias expresadas en encuestas difieren llamativamente del comportamiento real en el mercado de trabajo. En ningún país europeo tienen los empresarios dificultades para encontrar gente dispuesta a trabajar horas extras mejor pagadas que las de trabajo normal. [...] Ese deseo de mayor tiempo libre queda pues postergado [...] por la persecución de más ingresos para un mayor consumo. Como la unidad de consumo es en realidad familiar, y en estos tiempos difíciles una parte de sus ingresos son precarios, se acentúa el reflejo conservador de afianzar el empleo estable, quienes lo tienen, a fin de asegurar las mayores entradas presentes frente a un futuro incierto»; [Riechmann, pp. 80-83].
«[...] conviene que las medidas de reducción del tiempo de trabajo tengan alcance supranacional, para evitar el posible ‘contraataque’ del capital en forma de desinversión y fugas de capitales. Objetivos como las 30 ó 35 horas semanales suponen la necesaria recuperación del internacionalismo. Conviene, de todas formas, no magnificar el factor internacional. Muchas cosas son posibles para una iniciativa decidida, incluso cuando sólo la adopta un país. A menudo, los enemigos de la reducción del tiempo de trabajo replican que hay que competir en mercados mundiales ‘globalizados’. Ese imperativo tornaría inviables este tipo de medidas [...]. El argumento, formulado en estos términos, no es digno de atención [...]. [...] salvo para las economías más volcadas a la exportación, los efectos no serían tan importantes. (¡Y se da la paradoja de que en economías tan volcadas a la exportación como la alemana, los asalariados disfrutan de las jornadas laborales más cortas de Europa!). En el caso español, la mayoría de nuestro comercio exterior se realiza dentro de la Comunidad Europea (CE); sobre todo con países como Alemania, Francia e Italia, que tienen jornadas laborales más cortas que la nuestra»; [Riechmann, pp. 87-88].
«La estrategia de reducción general del tiempo de trabajo [...] apunta hacia un cambio de rumbo verdaderamente igualitario: trabajar menos (solidaridad intraestatal) y consumir menos bienes destructores de recursos escasos (solidaridad internacional e intergeneracional) para trabajar y consumir todos y todas de otra forma. [...] Si uno se niega a seguir aumentando la doble depredación del ser humano y de la naturaleza en aras de unos ingresos cada vez mayores y siempre mal repartidos, el camino alternativo supone compartir y transformar el trabajo y el consumo existentes. Supone que, en lugar de hacer crecer indefinidamente la producción de mercancías, elegimos transformar al menos una parte de los incrementos de productividad del trabajo humano en posible libertad: en tiempo autodeterminado, libre. No cabe duda de que aquí despunta una ‘lógica de sociedad’ y un sistema de valores que colisiona con el mantenimiento del actual orden capitalista»; [Riechmann, pp. 93-94].
«Cada asalariado que voluntariamente decide pasar a trabajar a media jornada cobra de la empresa el 50% de su salario anterior, más un subsidio estatal por valor del 20 o 30% de aquel salario (es decir, trabaja el 50% del tiempo con el 70 u 80% del salario). Este sistema de prima a los voluntarios para el trabajo a tiempo parcial es neutral para la empresa y también para la colectividad, ya que puede financiarse exclusivamente con los fondos hoy destinados al subsidio de desempleo (la idea puede visualizarse como si cierto número de empleados a tiempo completo y los parados perceptores de subsidio de desempleo se asociasen de dos en dos para compartir trabajo e ingresos). Albert, comisario del Plan Nacional contra el Desempleo francés, calculó que bastaría que la tasa de trabajo a media jornada pasase a ser del 30% del total de asalariados para volver a una situación de pleno empleo en Francia»; [Riechmann, p. 95].
«[...] porque parece deseable dar a la reducción del tiempo de trabajo la forma más favorable a la emancipación de los trabajadores, en mi opinión conviene combinar la lucha por las 35 horas (o las 32) con la lucha por lo que podríamos llamar los derechos sociales a la autogestión del tiempo de trabajo: formas flexibles de trabajo favorables a los intereses del asalariado, voluntarias y establecidas por ley como derechos sociales. (Otros autores prefieren hablar de ‘jornada laboral a la carta’ [...]). Un ejemplo que viene al caso es el contrato de solidaridad. Se trata de una prejubilación parcial voluntaria a partir de los 55 años, por ejemplo, contratándose a media jornada a un joven que accede así a su primer empleo (o a un parado de larga duración). El prejubilado solidario trabaja también a media jornada, cobrando el 50 por ciento de su salario y el 50 por ciento restante como subsidio, y se jubila definitivamente a los 65 años con plenos derechos sociales, momento en que su sucesor accede al puesto a jornada completa»; [Riechmann, pp. 99-100].
«[...] trabajar menos y vivir más frugalmente (un imperativo ecológico a finales del siglo XX) [...]. La libre opción entre más ingresos o más ocio podría plantearse de verdad ─y no como mistificación ideológica─ con una nueva política del tiempo de trabajo. Pero la austeridad deseable por razones ecológicas no puede asimilarse a una pobreza impuesta coercitivamente a los trabajadores y trabajadoras. Sólo como opción libre desplegará su dimensión emancipatoria. Una opción vital por menos ingresos y más tiempo liberado sólo es emancipatoria cuando se cumplen tres condiciones: a) que se trate de una opción verdaderamente libre (lo cual incluye que sea reversible); b) que los ingresos del trabajo a tiempo reducido sean suficientes para llevar una existencia digna; c) que la duración reducida del trabajo no recorte los derechos sociales (especialmente, a atención sanitaria y pensión de jubilación completas)»; [Riechmann, pp. 101-102].
«Llegados a este punto podríamos preguntarnos: ¿y por qué no institucionalizar un salario indirecto monetario para todos los trabajadores? Precisamente esta es la idea de la segunda nómina, propuesta ya hace años por Guy Aznar, y que constituye a mi juicio uno de los instrumentos más fecundos para poner a punto una ‘política de los tiempos’ renovadora y emancipatoria. La ‘segunda nómina’ es una forma monetaria de salario indirecto [...] que el Estado abonaría a los asalariados que no trabajasen a jornada completa. [...] permitiría a todos los trabajadores beneficiarse de los progresos de la productividad. La remuneración se establecería no tanto en función del tiempo de trabajo efectivo como de la capacidad productiva de la sociedad en su conjunto. [...] André Gorz ha descrito esta medida de la siguiente forma: “[...] Cuando, como ahora ocurre, un volumen constante o incluso creciente de riqueza se produce con cantidades de trabajo rápidamente decrecientes, el trabajo con jornada reducida debe tener derecho a un sueldo completo. Pero ese sueldo completo debe tener dos partes: una parte abonada por las empresas como remuneración del trabajo aportado; y otra parte, que será creciente, abonada por la sociedad para compensar (o sobrecompensar) la reducción del salario directamente ligado con la duración del trabajo. Esta segunda parte, que es un sueldo social ligado a la productividad social, Aznar [...] lo llama la segunda nómina”»; [Riechmann, pp. 104-105].
«La financiación de la segunda nómina y de otras medidas vinculadas a la reducción del tiempo de trabajo exige revisar de forma imaginativa el sistema fiscal. La fuente de financiación más inmediata son los ahorros que para la Hacienda Pública supondría la reabsorción total o parcial del paro lograda mediante la reducción del tiempo de trabajo [...]. […] se trataría sobre todo de pasar de una estrategia de indemnización al parado a una estrategia de redistribución (del empleo y los ingresos). [...] Pero sin duda contar sólo con esta partida sería insuficiente. [...] cabe pensar en otros mecanismos novedosos para la financiación de esta segunda nómina. Como el impuesto sobre el valor creado ─financiación ligada a la automatización─ [...]. O un impuesto sobre el valor añadido (IVA) modulado ecológicamente [...]. O un impuesto ecológico sobre los combustibles fósiles y la energía nuclear; o ─sobre todo─ una fiscalidad sobre las rentas financieras»; [Riechmann, pp. 105-106].
«Difícilmente cabe hoy reabsorber el paro masivo que aflige a las sociedades industriales sin algo parecido a lo que Alain Lipietz (entre otros) ha conceptualizado como un ‘tercer sector de utilidad social’. Se trataría de un nuevo sector económico ‘semipúblico’ (más allá del sector privado y el sector público tradicionales), dirigido a la producción de bienes públicos y de valores de uso que cubran necesidades sociales ignoradas por los mercados. Se trata de trabajos [...] prestados al cuidado, en sentido amplio, de las personas y de la naturaleza. [...] Este tercer sector ‘semipúblico’ se distinguiría del ‘sector público voluntario’ (movimientos sociales, iniciativas ciudadanas, voluntariado, las ONG, asociaciones sin ánimo de lucro, etc.) porque el trabajo en el tercer sector estaría remunerado. Y bien remunerado; tendría que proporcionar ingresos normales. Tales ingresos constarían de dos partes: a) una ‘segunda nómina’, por valor del salario mínimo, cobrada del Estado (que en este caso equivaldría a una subvención pública para la producción de bienes públicos y valores de uso para los que no existe demanda solvente); b) una remuneración negociada entre las cooperativas de trabajadores del ‘tercer sector’ y las instituciones o asociaciones que los emplearían directamente (ayuntamientos, asociaciones de vecinos, instituciones de bienestar social y de protección del medio ambiente, ONG, etc.). [...] Pero debe estar bien circunscrito para que no desestabilice el resto del mundo laboral (en particular, para que no elimine empleo ‘normal’ en el resto de la economía). Debería limitarse al ámbito de lo que hoy es trabajo ‘negro’, trabajo doméstico o simplemente trabajo socialmente necesario pero no realizado (porque no resulta rentable según los criterios de los mercados capitalistas)»; [Riechmann, pp. 106-108].
«En mi opinión, el trabajo socialmente necesario debería distribuirse con equidad entre todos los miembros de la sociedad capaces de trabajar [...]. El ‘derecho a la pereza’ sólo parece aceptable si se entiende como incitación a aprovechar las innovaciones técnicas que incrementan la productividad para aumentar el tiempo de ocio creador [...]. Pero no parece aceptable un ‘derecho a la pereza’ interpretado como holganza que se beneficia del plustrabajo de otros [...]. Pretender vivir sin trabajar, a costa del trabajo de los demás, es cosa fea generalmente conocida como parasitismo. [...] Como observa André Gorz en su libro Capitalismo, socialismo, ecología, el SUI “por idealismo le hace el juego a la ideología del trabajo: parece considerar el trabajo como actividad libremente elegida, facultativa, que puede reservarse a aquellos y aquellas a quienes les guste. Pero de entrada el trabajo hay que hacerlo, tanto si gusta como si no [...]”»; [Riechmann, pp. 116-118].
«El mecanismo del SUI sin contraprestación en trabajo socialmente necesario es esencialmente un mecanismo de dependencia, que puede contribuir a mantener a las personas en un estado de inmadurez perpetua. [...] Numerosas feministas han expresado su temor de que el SUI [...] favorezca la exclusión de las mujeres de la esfera pública y el mundo del trabajo asalariado, y facilite su confinamiento en el hogar. [...] El SUI divide a los trabajadores [...]. Si la cuantía del subsidio es baja, favorece una escisión entre ricos y pobres; si es relativamente alta, favorece una división entre integrados y marginados (los primeros condenados a una hiperproductividad que ha de generar recursos para toda la sociedad, los segundos excluidos del trabajo remunerado con sus virtudes integradoras [...]). El SUI puede convertirse en el ‘salario de la marginalidad y la exclusión social’ [...]: un subsidio con el que los mejor situados compren la paz social necesaria para el disfrute de sus privilegios [...]. El SUI es uniforme, por definición: los sectores sociales dotados de más recursos materiales y culturales reciben el mismo subsidio que los más desposeídos. ello choca con nuestro sentido de la justicia, y tiende a dificultar la lucha contra las desigualdades. [...] Como se trata de una medida pensada exclusivamente para los ciudadanos de los países ricos, lo que en realidad sucedería es lo que ya va sucediendo en la actualidad, pero con más intensidad: los trabajos más penosos quedarían reservados a los ‘cabezas de turco’ que inmigran a nuestros países desde el Sur sin obtener ciudadanía... y trabajan a cambio de remuneraciones miserables, en condiciones igualmente míseras. [...] “¡Incluso Fourier fue más realista al sugerir que los niños harían el trabajo sucio en sus falansterios, pues, como se sabe, a los niños les gusta la suciedad!”, exclamaba Alec Nove»; [Riechmann, pp. 118-121].