jueves, 6 de octubre de 2011

Heráclito de Éfeso

HERÁCLITO DE ÉFESO 
por 
Peredur 

Heráclito es el responsable de la primera reflexión crítica sobre la física milesia y el pitagorismo. Más allá del gran número de detalles biográficos ficticios que llegaron a rodear su persona, sólo podemos aceptar como seguro que vivió en Éfeso durante el último cuarto del siglo VI y el primero del V a.C., que procedía de una vieja familia aristocrática y que estuvo en malas relaciones con sus conciudadanos. Muy posiblemente expresó su pensamiento de forma oral a través de sentencias. Estas sentencias son por lo general crípticas y enigmáticas, semejantes en su forma a los oráculos adivinatorios. Ello se debía, sin duda, a su deseo de elaborar un discurso sagrado a la manera de los adivinos. 

El mundo del devenir. 

Tal y como puede apreciarse en su famosa sentencia del río, Heráclito niega la existencia de cualquier sustancia, esto es, de cualquier ser inmutable. Por ello, si nada permanece inmutable, pues todo fluye, la realidad última de las cosas ─la phýsis─ no va a ser sino el mundo del devenir, el cual, como vamos a ver a continuación, se constituye a partir de opuestos en constante lucha y tensión. 

Si para Anaximandro la lucha entre los opuestos formados desde lo ápeiron era la injusticia que el transcurso del tiempo tiene que corregir una y otra vez para restablecer el orden y la armonía, para Heráclito, en cambio, la lucha y tensión de los opuestos ─la discordia (éris)─ es ella misma la justicia (díke). Discordia y devenir constituyen por lo tanto el orden armónico y la ley universal de todas las cosas. 

Para Heráclito la tensión existente entre los opuestos hace que cada uno de ellos sea recíprocamente idéntico a su contrario. Como consecuencia, cada pareja de opuestos forma una única unidad esencial. Su mutua identidad reside justamente en la tensión existente entre ellos, pues, a la manera de un arco que reúne sobre sí mismo fuerzas contrarias, cada uno de los opuestos depende del contrario para poder ser. Más aún, el universo entero, al componerse de opuestos interconexos, es él mismo ─a pesar de su constante cambio─ una gran unidad. Como sabía Heráclito, la imagen del río por el que a cada momento fluyen aguas distintas sin dejar por ello de ser el mismo río es la que mejor viene a ilustrar la profunda unidad que subyace bajo el constante devenir que impera en el universo. 

El lógos, “razón común”. 

Para Heráclito, en el universo ─y también, por lo tanto, en el hombre─ existe un componente tanto físico como estructural que es común a todas las cosas; algo así como una ley o una constante que se repite y está presente en todas ellas y que, una vez reconocida, permite entender en qué cosiste la phýsis o naturaleza de las cosas. Heráclito llama a esta constante lógos o razón común y dice de ella que los hombres no suelen reconocer su carácter universal. Por lo contrario, la gran mayoría se cree en posesión de un lógos y una inteligencia particular. Como ya hemos dicho, Heráclito no concibe el lógos únicamente como una constante formal o estructural, sino que, además, también lo imagina materialmente unido y coextenso con el fuego, el cual es para él el constitutivo cósmico primario y el componente esencial de las almas. 

Textos
«Aguas distintas fluyen sobre los que entran en los mismos ríos» [Eusebio, P.E. XV 20]. 
«Conviene saber que la guerra es común [a todas las cosas] y que la justicia es discordia y que todas las cosas sobreviven por la discordia y la necesidad» [Orígenes, Contra Celsum, VI 42]. 
«El camino arriba y abajo es uno y el mismo» [Hipólito, Refutación de todas las herejías, IX 10, 4]. 
«Lo mismo es vida y muerte, velar y dormir, juventud y vejez; aquellas cosas se cambian en éstas y éstas en aquellas» [Plutarco, Consolatio ad Apollonium, 10, 106 E]. 
«Hay una armonía tensa hacia atrás, como en el arco y en la lira» [Hipólito, Refutación de todas las herejías, IX 9, 1]. 
«Tras haber oído al Lógos y no a mí es sabio convenir en que todas las cosas son una» [Hipólito, Refutación de todas la herejías, IX 9, 1]. 
«Por tanto es necesario seguir lo común; pero, aunque el Lógos es común, la mayoría vive como si tuviera una inteligencia particular» [Sexto Empírico, Contra los matemáticos, VII 133]. 
«Este cosmos (el mismo de todos) no lo hizo ningún dios ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que se enciende según medida y se extingue según medida» [Clemente de Alejandría, Stromata, V 104, 1]. 

«Aguas distintas fluyen sobre los que entran en los mismos ríos».

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