viernes, 14 de octubre de 2011

Platón: vida y obra

PLATÓN: VIDA Y OBRA
por
Peredur

Una breve biografía.

Platón nació en Atenas, en el año 428 o 427 a.C. Su verdadero nombre no era Platón, sino Aristócles. Según algunos, el sobrenombre con el que se le llegó a conocer hacía referencia a su amplio intelecto, esto es, a su inteligencia, pues en griego plátos significa “amplitud”, “anchura”, “extensión”. En cambio, según otros, el apodo estaría justificado, no ya por sus dotes intelectuales, sino por la anchura de su frente o de sus hombros. La familia de Platón era de ascendencia aristocrática y había estado estrechamente vinculada a la vida política de Atenas. Aristóteles señala que antes de ser discípulo de Sócrates, Platón frecuentó la compañía del sabio Crátilo, el cual había sido seguidor de Heráclito. El encuentro entre Platón y Sócrates se produjo cuando aquél contaba aproximadamente veinte años. La intención inicial de Platón al buscar la compañía de Sócrates debió ser la misma que la de la gran mayoría de los jóvenes que por aquel entonces se acercaban hasta el gran maestro, a saber, prepararse mejor para la vida política. Sin embargo, las enseñanzas desinteresadas de Sócrates y la inclinación natural de Platón hacia la sabiduría llevaron a éste a aceptar la filosofía, no como un medio para abrirse camino en la vida política de Atenas, sino como un fin en sí mismo, conforme al cual la vida pública de Atenas habría de regirse.

Los abusos de poder que algunos allegados de Platón cometieron durante el control aristocrático-oligárquico de “los Treinta tiranos” en Atenas (404-403 a.C.) y la condena a muerte que sobre Sócrates se produjo en el año 399 a.C. tras restaurarse la democracia afectaron profundamente a Platón haciéndole reflexionar sobre la necesidad de un sistema de gobierno justo. Así lo expresa, al menos, en la conocida como Carta séptima. Como consecuencia de estos acontecimientos, Platón se alejó de la participación activa en la vida política de Atenas y en su lugar se centró en la reflexión filosófica y en la formación intelectual de los jóvenes griegos que empezaron a acudir hasta él tras la fundación en el año 387 a.C. de la afamada Academia platónica.

Tal y como puede leerse en la Carta séptima, el principal objetivo de Platón fue encontrar un sistema de gobierno completamente justo, en el que la muerte de Sócrates no hubiera podido suceder. Uno de los requisitos necesarios para alcanzar este objetivo consistía en hacer que los filósofos y los que gobernaban las ciudades y Estados fueran las mismas personas. Éste, sin duda, fue uno de los motivos por los que Platón viajó por tres veces a Sicilia (388, 367 y 361 a.C.), concretamente a la ciudad de Siracusa, para intentar convertir a su gobernante a la filosofía. Sin embargo, ni Dionisio I ─tirano de Siracusa─ ni su hijo y heredero ─Dionisio II─ aceptaron el proyecto de Platón, y éste fue humillado hasta el punto de ser vendido como esclavo. Afortunadamente, allegados de Platón pagaron su rescate y el filósofo ateniense pudo regresar a su patria, donde finalmente moriría en el año 347 a.C.

Los escritos de Platón.

Muestra de su posición como figura central de la filosofía antigua, los escritos de Platón se han conservado en su totalidad. En su conjunto, la obra platónica está formada por 36 escritos o diálogos. Sin embargo, aunque disponer de la totalidad de éstos escritos es una gran ventaja a la hora de estudiar el pensamiento de Platón, todo acercamiento a la filosofía de éste último requiere superar dos problemáticas que hasta hace algunas décadas todavía preocupaban grandemente a los especialistas: a) la cuestión de la autenticidad y b) el orden cronológico de redacción de los diálogos.

A) La cuestión de la autenticidad.

El primer problema que surge ante los 36 escritos de Platón es el de su autenticidad. Es decir, ¿puede reconocerse en todos estos diálogos la autoría de Platón? Aunque no siempre ha sido así, actualmente se tiende a considerar que casi todos los diálogos son auténticos, si no todos ellos.

B) El orden cronológico de redacción y la evolución del pensamiento de Platón.

Si tenemos en cuenta la importancia de conocer con la mayor exactitud posible la evolución del pensamiento de Platón, se hace preciso aportar una lista que pueda dar cuenta aproximada del orden de redacción de sus diálogos. La recomposición de este orden se ha llevado a cabo a partir de varios criterios, entre los que destaca el estudio comparado del lenguaje empleado por su autor en cada uno de sus escritos. A continuación ofrecemos una lista en la que se muestra el orden aproximado de redacción de los diálogos junto con algunos datos de carácter biográfico y otros en los que se pueden apreciar las principales preocupaciones intelectuales de Platón.

 

El diálogo platónico como primer género literario filosófico.

Platón intentó reproducir en sus escritos el espíritu del diálogo oral. El resultado fue la creación de un nuevo género literario, el primero específicamente filosófico: el diálogo. En éste se supone la existencia de varios interlocutores, históricos o ficticios, los cuales se reúnen, por azar o premeditadamente, para hablar en torno a una cuestión o problemática que interesa a todos ellos. En el diálogo platónico se trata de encontrar conjuntamente, a través de un procedimiento de preguntas y respuestas, una solución que sea válida para todos los interlocutores que intervienen en él. Claro está, como sucede en la vida real, esta solución no siempre es alcanzada, bien por falta de acuerdo, bien por la dificultad de la propia problemática.

Texto: Carta séptima
«Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que otros muchos; pensé dedicarme a la política tan pronto como fuera dueño de mis propios actos; y he aquí las vicisitudes de los asuntos públicos de mi patria a que hube de asistir. Siendo objeto de general censura el régimen político a la sazón imperante, se produjo una revolución; al frente de este movimiento revolucionario se instauraron como caudillos cincuenta y un hombres: diez en el Pireo y once en la capital [...] mientras que treinta se instauraron con plenos poderes al frente del gobierno en general. Se daba la circunstancia de que algunos de éstos eran allegados y conocidos míos y en consecuencia requirieron al punto mi colaboración [...]. La reacción mía no es de extrañar, dada mi juventud; yo pensé que ellos iban a gobernar la ciudad sacándola de un régimen de vida injusto y llevándola a un orden mejor, de suerte que les dediqué mi más apasionada atención, a ver si lo conseguían. Y vi que en poco tiempo hicieron aparecer bueno, como una edad de oro, el anterior régimen. Entre otras tropelías que cometieron estuvo la de enviar a mi amigo, el anciano Sócrates, de quien yo no tendría reparo en afirmar que fue el más justo de los hombres de su tiempo, a que en unión de otras personas prendiera a un ciudadano para conducirlo por la fuerza a ser ejecutado; [...] por cierto que él no obedeció y se arriesgó a sufrir toda clase de castigos antes de hacerse cómplice de sus iniquidades. [...]
No mucho tiempo después cayó la tiranía de los Treinta [...]. De nuevo, aunque ya menos impetuosamente, me arrastró el deseo de ocuparme de los asuntos públicos de la ciudad. Pero dio también la casualidad de que algunos de los que estaban en el poder llevaron a los tribunales a mi amigo Sócrates [...] bajo la acusación más inicua y que menos le cuadraba [...]. Al observar yo cosas como éstas y a los hombres que ejercían los poderes públicos, así como las leyes y las costumbres, cuanto con mayor atención lo examinaba, al mismo tiempo que mi edad iba adquiriendo madurez, tanto más difícil consideraba administrar los asuntos públicos con rectitud [...].
De esta suerte yo, que al principio estaba lleno de entusiasmo por dedicarme a la política, al volver mi atención a la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes, terminé por verme atacado de vértigo, y si bien no prescindí de reflexionar sobre la manera de poder introducir una mejora en ella, sí dejé, sin embargo, de esperar sucesivas oportunidades de intervenir activamente.
Y terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los Estados actuales de que están, sin excepción, mal gobernados [...].
Y me vi obligado a reconocer, en alabanza de la verdadera filosofía, que de ella depende el obtener una visión perfecta y total de lo que es justo, tanto en el terreno político como en el privado, y que no cesará en sus males el género humano hasta que los que son recta y verdaderamente filósofos ocupen los cargos públicos, o bien los que ejercen el poder en los Estados lleguen, por especial favor divino, a ser filósofos en el auténtico sentido de la palabra»; Platón, Carta séptima [Calvo, 1995, pp. 135-136].
Platón (Atenas, 428-347 a.C.)

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